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CALLES CON HISTORIA: Blas Marrero Bethencourt PDF Imprimir E-Mail
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martes, 04 de noviembre de 2008
A menudo pasamos por las calles de la Villa de Santa Brígida y leemos sus letreros, e incluso las nombramos a diario sin molestarnos en pensar de dónde provienen muchos de los nombres de nuestro rico nomenclator. En muchos casos se tratan de nombres de personajes ilustres, algunos famosos por su actividad profesional, otros apenas conocidos. También figuran numerosos nombres de plantas, pues no hay que olvidar que vivimos en la Villa de las Flores. Vamos a ir estudiando, poco a poco,  algunos de los nombres de nuestras vías, dando una explicación de su origen y del paisanaje. Sabiendo esto, podremos tratar de imaginar cómo era en otro tiempo aquella vega que surgió del bosque y algunos de sus habitantes.
 

 El mecenas de San Antonio de Padua

 

El párroco Blas Marrero de Bethencourt, fundador de las fiestas de este santo casamentero, trajo la imagen a la parroquia en 1741 con el deseo de desposar a su sobrina, única heredera.

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Pocos santos pueden resultar tan contradictorios y simpáticos como nuestro San Antonio de Padua, digno de admiración incluso laica, porque ni se llamaba Antonio ni era de Padua, como tantísima gente, sea dicho de paso con el mayor respeto, que ni parece lo que es, ni es lo que parece. El patrono satauteño, como ustedes habrán oído, tiene fama de casamentero y a él se encomendó un párroco nacido en la Vega, Blas Marrero Bethencourt (1674-1751), que tiene una calle en el casco urbano, para buscarle un novio a su sobrina, Josefa Marrero Rivero, una doncella satauteña de 20 años, heredera de todos sus cuantiosos bienes terrenales.

Así que la opción de San Antonio de Padua para presidir espiritualmente esta Villa fue una elección muy conveniente para aquel párroco franciscano que no quería que su sobrina quedara para vestir santos. ImageAntes, le había impuesto la condición precisa de que contrajera matrimonio con un individuo de su misma condición social, pues en el caso de no ser así, la excluiría de su valiosa herencia. Sin duda, un planteamiento muy propio de la mentalidad del Antiguo Régimen que en el fondo escondía intereses familiares, viendo en el matrimonio de los hijos una operación socioeconómica que mantuviera las cosas en su sitio.

En su testamento, Blas Marrerro impuso también a sus descendientes, como condición prioritaria a la hora de acceder al disfrute del mayorazgo, la obligación de  “hacer la fiesta del Señor San Antonio de Padua en la Parroquia de Santa Brígida, todos los años, perpetuamente y para siempre jamás, con misa rezada, procesión y sermón, para que el Señor San Antonio, sea venerado, por ser imagen que yo hice colocar en dicho lugar”, decía.

A través de la lectura de su testamento se advierte que uno de los fervientes deseos de Blas Marrero era que su sobrina y heredera tuviese un buen casamiento que preservara el lustre alcanzado por la familia hasta ese momento. Así al menos había sido siempre en su familia. De hecho, una de  las hermanas del licenciado, Josefa Marrero, casó con el capitán de Infantería José Ojeda y Armas (1688-1765), alcalde de la Vega (1745–1746), quien a su vez era tío del  inquieto cura-párroco Matheo de Ojeda Rodríguez, otro hijo de este pueblo quien por esos años proyectó y puso en obra la construcción de la torre de la parroquia, que aún hoy se erige como símbolo de identidad de la Villa.

ImageEn esta época, el matrimonio entre la burguesía era de conveniencia. Esto no quiere decir que no se produjeran matrimonios por amor. Pero en líneas generales, se daba prioridad a los intereses económicos. De este modo, la fortuna del pretendiente y de la pretendida estaría igualada. El refrán al uso, convertido en exigente norma social, aconsejaba en esa época cada oveja con su pareja.

Debido a la escasa movilidad social, en los pueblos del interior era bastante frecuente que el matrimonio se apañase entre primos, para evitar la dispersión de la herencia. A través del archivo parroquial de esta Villa, puede atestiguarse cómo el párroco del lugar, cuya autoridad moral se extendía a funciones de casamentero, arreglaba el papeleo de la dispensa pontificia.

San Antonio de Padua debió conceder el milagro al párroco que lo trajo a la Villa. Pues la sobrina del señor cura no sólo pronunció el buscado “sí quiero” sino que también logró un buen partido como esposo. Josefa Marrero se casó con don Luis Navarro del Castillo, también de acaudalada familia de este lugar. De esta interesada unión nace el único hijo de este matrimonio, un varón llamado Diego Navarro Marrerro, quien en el futuro se convertiría en Alcalde de la Vega en dos ocasiones, entre 1777-1778 y en 1781, siendo, además, el penúltimo eslabón del vínculo fundado por el clérigo, con cuyos bienes se sufragaron los gastos para construir la parroquia de San Bartolomé de Las Lagunetas, en la Vega de Arriba.

Logrado su propósito, a la altura del 16 de marzo de 1741, don Blas Marrero de Bethencourt decide preparar el adiós de este mundo. Tiene 67 años, edad avanzada para la época. De ese modo comprende que se acerca el relevo tras una vida dedicada a la labor espiritual y a la gestión de las cuantiosas rentas de los bienes. En otras palabras: se impone hacer testamento que sin duda medita profundamente en su hacienda principal de Satautejo, un retiro propicio para las últimas reflexiones, para esa meditatio mortis, a que tanto se prestaba su hacienda rodeada de viñas, sobre el barranco de La Angostura.

ImageTestamento y muerte del párroco

El final de sus días se acerca. Sin embargo, la muerte, esa gran provocadora del cambio histórico a su manera, le llegaría en su hacienda una década después, concretamente el 18 de julio de 1751, a los 77 años de edad.

Su óbito se produce durante su retiro en su hacienda de Satautejo, en la Vega de Santa Brígida, para lo cual ya ha dispuesto “el entierro más decente que se acostumbre en esta parroquia de Nuestra Señora de Santa Brígida, en donde se me dé sepultura en la capilla mayor, entendiéndose que se me hagan dos oficios mayores con cera entera, y todo se pague de mi bien”. Y así fue como un día después de su muerte, don Blas Marrero sería sepultado bajo las losas de la parroquia, en la zona del presbiterio, un espacio reservado sólo para el clero que rodeaba al Altar Mayor, por entonces cercado por una reja.

El párroco que rubrica su partida de defunción, don Mateo de Ojeda, hace constar de su puño y letra que el hermano del difunto, don Lázaro Marrero, su albacea, ha dispuesto que su cuerpo sea amortajado en un hábito de San Francisco, “que se tomó de la iglesia, y que he oído decir que dejó impuesta la fiesta de San Antonio de Padua en esta iglesia”.

En efecto, el nuevo párroco de la Vega oye bien. Como hemos dicho, el presbítero fallecido instituye por vía testamentaria la celebración de una fiesta en honor del santo de su predilección, cuyos gastos correrán a cargo de sus múltiples propiedades: fincas, casas, bodegas y hasta un molino de pan en El Madroñal.

ImageLa imagen

Sin embargo, prácticamente nada sabemos de la procedencia y  escultura de San Antonio de Padua, representada con el Niño Jesús sobre su brazo izquierdo, aunque desde su llegada al templo, probablemente antes  1741, goza de un gran protagonismo y culto entre los fieles, creándose una cofradía en su honor que dota a la escultura de nuevos atributos. No obstante, la antigua talla de madera policromada, de unos noventa centímetros de alto, con ricos estofados en oro, con manto y sayal, parece responder a la imaginería de la escuela sevillana.

La devoción que despierta en el pueblo la llegada del santo a la parroquia hace que se vuelquen en su figura. Así, en 1746, el nuevo y preocupado cura-párroco Matheo Ojeda, mayordomo de la cofradía recién creada, decide ponerle un nicho de madera bajo su imagen, obra que hizo el maestro Miguel Moreno. El  costo de dicho retablo sería de 1705 reales, a lo que hubo de sumar otros 2450 reales correspondientes al dorado de la pieza. Y dos años después, el día de su fiesta, en la mano de la imagen se coloca el ramito de azucena de plata, cuyo coste será de 142 reales y medio, también sufragados por sus devotos cofrades.

A sus pies se pusieron probablemente los “dos candeleros de plata” que antes de morir Blas Marrero regalaría a San Antonio para poner las velas, y que guardaba en una casa de la ciudad dentro de un arca de Indias.

Con el paso de los años, el santo recibe más orfebrería donada (peana de plata, ojos de cristal, vestidos, sitial, etc.), lo que demuestra el fervor que sigue despertando la venerable imagen entre los feligreses. Afortunadamente, la imagen de San Antonio de Padua es una de las pocas imágenes antiguas que conserva la parroquia, gracias a que fue salvada de las llamas por la decisión valerosa de una mujer, la vecina Frasquita Andrea Barrera Rodríguez, que residía en la zona de La Alcantarilla. Esta mujer logró rescatar al santo, sin atender al peligro de nuevos derrumbes en aquel templo inundado por el humo durante el incendio que lo destruyó en la noche del 21 de octubre de 1897.

ImageDesde entonces, el culto al compatrono San Antonio de Padua se ha ido incrementando hasta el punto de que hoy día sus fiestas cuentan incluso con el respaldo del Ayuntamiento. No sabemos si llegaron a oficiarse las cinco mil misas rezadas que pidió por su alma el mecenas del santo. Deseaba que su memoria estuviera presente entre los vivos durante mucho tiempo. Lo que no hay duda es que su recuerdo se mantiene hoy, 267 años después, en una calle del pueblo por ser el fundador de las fiestas de San Antonio de Padua, ese santo que logró allanar las dificultades para encontrarle novio a su heredera, el santo que dice hallar las cosas perdidas, que asegura y multiplica las provisiones y el pan para los desfavorecidos, pero que sobre todas las cosas ha conquistado el corazón y el fervor del pueblo satauteño.

 FUENTES:

-          Testamento de Blas Marrero (exp. 4442, año 1823) protocolizado ante el escribano Pablo de la Cruz Machado. Archivo Histórico Provincial de Las Palmas.
-          Archivo Histórico Parroquial de Santa Brígida, Inventarios de bienes.
 
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