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NI LA CURVA ES DE OLARTE NI CARMELO VEGA TIENE UNA ROTONDA PDF  | Imprimir |
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miércoles, 20 de enero de 2010

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Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida

Los nombres de lugar constituyen uno de los rastros más elocuentes y duraderos de la historia de un territorio. Muchos de estos topónimos los aprendimos sin querer, como quien aprende a respirar, oyéndolo de nuestros mayores. Y los repetimos por inercia, sin detenernos a preguntarnos por su origen ni a degustar su significado.  “A través de ellos”, en palabras del profesor e investigador Maximiano Trapero, “podemos conocer su propio origen, su naturaleza y constitución de los distintos grupos étnicos que sucesivamente se han asentado en él”.

ImageLamentablemente, los viejos topónimos fijados por la tradición no se limitan a nacer e incorporarse al uso. También, como cualquier ser vivo, desaparecen o son sustituidos por otros nombres, a veces como consecuencia de la ignorancia de la gente o porque, sencillamente, van perdiendo la razón de su existencia. Así, nos encontramos como la curva de Olarte, que nomina ahora un lugar concreto de la carretera del Centro (GC-15, P.K. 7,950), justo antes de alcanzar el barrio de El Madroñal, ha sustituido al antiguo y evocador topónimo de la Vuelta del Horno, por el que rompo una lanza desde estos renglones grávidos de nostalgia.

De pronto La curva de Olarte se ha salido de madre y su eco se ha esparcido con rapidez por campos ajenos, favorecida por el hecho de que el viejo horno aún existente, una curiosa construcción cilíndrica de nuestro patrimonio histórico-cultural, apenas se ve. Cada día resulta más difícil ver su impronta en el paisaje por la presencia de arbustos a su alrededor. Pero me resulta una denominación innecesariamente nueva y absurda que solo hace referencia al último propietario de la emblemática residencia victoriana que asoma al borde de la carretera, que ya ha acogido entre sus paredes a diferentes moradores. Lo bonito y lo legítimo era la antigua y singular denominación de La Vuelta del Horno que siempre hemos estado oyendo y que ha gozado de un valor cultural que ahora pasamos por alto, sin caer en la cuenta de que en verdad responde a la existencia del horno que dio nombre a esa vuelta ascendente. Ojalá que si no se lograse conservar su nombre goce al menos de la protección y cuidado que se merece, pues se trata de la obra más grande  de la isla de esas características. Una actividad económica muy antigua y que se encuentra representada por otros topónimos existentes aquí y allá, como los casos de El Tejar, en el barrio de La Angostura, o el Horno de la Teja, en San José de las Vegas.

ImageEl origen del topónimo de La Vuelta del Horno data de finales del siglo XIX, en torno a 1898, cuando allí se realizó, piedra a piedra, un horno que cocía ladrillos y tejas de barro para el suministro de las obras de edificación de la residencia familiar de don Joaquín Apolinario Suárez (1861-1920) y doña Ana Alzola. Ese fue el germen de aquel topónimo que ha vivido más de un siglo entre nosotros.

Más antiguo parece ser, incluso, el topónimo Buenavista que los lugareños dieron a la siguiente curva de la serpenteante ruta del Centro. Así llamaron aquel enclave por las vistas tan buenas y fantásticas que se divisaban desde allí, el lugar concreto donde el joven Rey Alfonso XIII pudo disfrutar de unas carreras de caballos y burros, en su visita a Santa Brígida el primer día de abril de 1906.

Pero de pronto, hace poco más de un año, las nuevas generaciones, los periódicos y hasta el mismo Cabildo de Gran Canaria, a través de sus notas de prensa, están quemando en el horno el nombre con el que los lugareños conocieron aquellos puntos concretos de nuestra geografía local. Y Dios me libre de querer restarle gloria a nuestro ilustre vecino, que a buen seguro se merece más honor que una simple curva, máxime cuando ahora proyectan incluso enderezarla.

ImageComprendo que puedan parecer sutilezas, pero ocurre que esta pérdida de los topónimos va dejando descendencia a su paso, pues algo parecido sucede con la rotonda que se construyó hace pocos años a dos kilómetros de allí (GC-15, P.K. 6,100), junto a la villa residencial de Monte Verde, domicilio del ex Alcalde de esta Villa, don Carmelo Vega Santana, y que muchos vecinos nombran ya como La rotonda de Carmelo Vega cuando el topónimo, en todo caso, debería ser La rotonda de Las Casillas, pues esa pequeña plaza circular se ubica en aquel paraje de la Vega de Enmedio, donde un grupo de casas pequeñas y antiguas ofrecieron su impronta y evocaron aquel nombre. No se sabe por qué algunos de esos dislates adquieren fuerza de tromba y ningún dique los resiste. El caso es que nuestro apreciado munícipe tiene propia su rotonda.

Mucho de esto me recuerda a ese tonto complejo de inferioridad que este pueblo ha padecido a lo largo de su historia, supongo que invencible. Recuerdo que hasta hace pocas décadas ser vecino de Santa Brígida era sinónimo de pueblerino o mauro. De hecho, cuando a mis pocos años fui a estudiar a un internado de monjas de la capital, me bastaba abrir la boca para ser reconocido como niño del campo. Aparte de que a muchos habitantes del interior nos repateaba el ser llamados “mauros”, a mí me encocoraba tener una filiación tan transparente entre mis colegas de clase.

Pues bien, determinada gente con un punto más de finura que el común le gustaba decir que residían en Tafira, entonces un barrio de moda por las bellas residencias. De esta manera, se revestían de un hipotético prestigio y pertenencia a determinada clase social. A mí, tanto miedo por la procedencia y hasta por el qué dirán, me han parecido siempre un claro síntoma de incultura colectiva y de desarraigo. Hasta el punto que cuando se construyó un centro comercial en la zona de Los Toscanes, en los años noventa del siglo pasado, algún lumbrera lo bautizó con el nombre del “Centro Comercial Tafira”, cuando en verdad está situado en el término municipal de Santa Brígida, dando lugar ahora a confusiones territoriales, pues a medida que el asfalto se ha echado al Monte, muchos desconocen dónde comienza la Villa y dónde termina la capital grancanaria.

Confieso esto porque ahora soplan vientos contrarios y muchos alardean de su origen satauteño, y se exhiben, incluso antes de que nadie se lo pida, de residir en esta villa ayer campesina y hoy moderna y residencial. Resulta, pues, inadmisible que la costumbre contemporánea nomine indebidamente a algunos lugares de este pueblo, sin razón histórica o geográfica alguna, haciendo un uso ignorante de nuestros singulares topónimos y suplantando aquellos nombres que han vivido desde siempre entre nosotros. Y más grave parece aún, que sea la propia Administración insular quien difunda esta incultura, porque esos viejos topónimos han preservado del olvido ese mágico instante en que, la curva o la rotonda, obtuvieron verdadero ser y ganaron su memoria.
 
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