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Carlitos Sanchez, el zapatero que resucita el viejo calzado PDF Imprimir E-Mail
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domingo, 30 de mayo de 2010

Image S.Q.  El único zapatero remendón que nos queda en el pueblo, también se ve afectado por la crisis económica que afecta al mundo mundial, solo que al contrario. En los últimos meses, Carlos Sánchez González, no para de reparar tacones, poner plantillas, cambiar las tapas de los zapatos, arreglar mochilas, ponerle cremalleras a las maletas y hasta arreglar la vieja albarda de un burro. Tras la jubilación de su último compañero de gremio, Carmelito Santana Robaina, que tenía su zapatería detrás de la iglesia, Carlos Sánchez, se ha convertido en la única alternativa para resucitar el calzado que tanto nos gusta y que tanto gastamos.Tal es el incremento de la clientela, que su sobrino Cristian Fleitas, aprende ya rápidamente junto a su tío, el arte de rejuvenecer aquellos bonitos zapatos, que el tiempo ha deteriorado.

Cariñosamente, todo el mundo lo conoce por Carlitos. Simpático, siempre con la sonrisa y la amabilidad a disposición no solo del cliente, sino de vecinos que pasan por su tallercito a charlar un rato. Se sienta en la vieja banqueta de tres patas que heredó de su padre, desde por la mañana hasta ultimas horas de la tarde. La profesión le viene de familia, por parte de su padre ya fallecido, Andrés Sánchez Sosa, de quien aprendió el oficio. Como estudiante, dice que no fue un lumbrera y como antes no había más alternativa, el viejo Andresito le explicó lo que había: “O estudias o trabajas”.

Dejó el colegio y empezó a trabajar en una empresa que se dedicaba a la preparación de productos cárnicos, que le consiguió su cuñado Santiago. Aguantó tres meses entre hamburguesas, perritos calientes y lomo, hasta que comprendió que trabajar de sol a sol, picando carne no era lo que le gustaba.  Luego se metió en la pintura, con su otro cuñado, Salvador, que le dejaba las tardes libres, en las que empezó a acercarse por la zapatería del padre. ImageAndresito era de la vieja escuela y el proceso de aprendizaje era sencillo, “tu siéntate ahí a aprender lo que yo hago“, pero no le dejaba hacer nada más. Era algo aburrido, pero a nuestro amigo Carlitos, aquello le gustaba y sin darse cuenta estaba aprendiendo más de lo que se pensaba. El destino, le provocó un amago de infarto a su padre, que lo mantuvo ingresado varias semanas en la Clínica, dejando la puerta abierta para que Carlitos pusiera en prácticas todo lo que le había visto hacer al viejo zapatero, que llegó de Teror con 22 años, allá por 1956, tras cumplir con la mili. Varias semanas, en las que Carlitos dejó claro que podía ser bueno no solo recuperando el lustre de los viejos zapatos, sino que se atrevió incluso a fabricar su primer par de zapatos, que le regaló a uno de sus sobrinos. Al regreso de Don Andrés, sorprendido por la habilidad de su hijo, no le quedó otra que darle herramientas y dejarlo trabajar codo a codo, matizándole pequeñas correcciones, que para eso seguía siendo el maestro.

ImageLa historia de Carlitos como zapatero, empezó en la Calle Calvario, en la vieja zapatería que abrió su padre por el año 56, en un local que alquiló, tras el cierre de una tienda de aceite y vinagre y de un pequeño bar de copeteo del abuelo Juan González Santana y  la abuela Rosario Padrón Ramírez. Andresito Sánchez, iba y venía todos los días desde su casa de Teror, a trabajar a su nueva zapatería en el viejo Casco de la Villa de Santa Brígida, sin sospechar que una de las hijas de su arrendador, Cecilia González Padrón,  se iba a convertir en su compañera y madre de sus cinco hijas y tres hijos. Por esa época, asegura Carlitos, que su padre le decía que había unos 6 o 7 zapateros, entre ellos el legendario Maestro Pablo.

El pueblo fue creciendo y se iban abriendo nuevos locales, por lo que aprovecharon para comprar uno más amplio en la calle Nueva, en la Galería Comercial La Palmera, mudando allí su zapatería por el año 1997.  Carlitos estuvo mucho tiempo compaginando la pintura con la zapatería. Incluso, llegó a probar no más de un mes, contra el criterio de su padre, trabajar para una empresa de reparación de calzado en el mercado del puerto, pero la esclavitud no le gustó  mucho y volvió nuevamente con su padre, quien le asignó una paga de 500 pesetas al mes, “para que salgas con los amigos”. ImageLo positivo de esta experiencia es que conoció algunas técnicas nuevas, que hasta a su padre le gustaron, como la de forrar zapatos con tela al gusto del cliente, que les venía de perilla para combinar con trajes de vestir. Luego siempre trabajaron juntos, hasta que Andresito falleció.

Ahora Carlos Sánchez, se ha convertido en toda una referencia en nuestro municipio, no solo porque es el único zapatero remendón que queda de la vieja escuela, siendo joven, sino porque además de arreglar divinamente los zapatos de todo tipo, forrar zapatos, poner punteras, remaches y tener cordones de colores,  también atiende otras ramas de oficios casi desaparecidos, como el de afilador de cuchillos y tijeras.

 
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