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viernes, 30 de marzo de 2012

La parroquia de Santa Brígida alberga entre sus bienes la pieza bautismal donde nuestro escritor más universal recibió las primeras aguas en 1843

 


Image  Pedro Socorro Santana

 

Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida

A veces, los inquilinos más ilustres terminan por regresar. A Benito Pérez Galdós, genial escritor grancanario, le gustaba pasar sus veranos en su hacienda de El Monte Lentiscal, en la que estuvo por última vez en 1894. Allí, cuando todavía era un niño, con apenas ocho años, construyó una pequeña ciudad medieval con trozos de madera y papel antes de que su mano incansable fatigara las plumas y vaciara los tinteros. Hoy día, esa joya plástica, cubierta por una urna de cristal, preside el salón de la vieja casa que su padre Sebastián y su tío Domingo construyeron en las laderas occidentales de la Montaña de Los Lirios, como testimonio de la afición y aptitudes para las manualidades que acreditó don Benito desde pequeño en sus prolongados retiros a El Monte.

ImageNo es el único testimonio legado por el novelista como recuerdo de su estancia en el territorio municipal tasauteño, la parroquia de Santa Brígida alberga entre sus bienes, curiosamente, la pila bautismal donde Benito recibió las primeras aguas, en 1843, aunque la ceremonia religiosa tuvo lugar en la iglesia de San Francisco de Asís de la Ciudad.

Todo tiene su explicación en esta heroica e invicta villa, explicaciones que a veces nos transportan a siglos pasados integrados por haciendas solariegas, afamada batallas y obras de arte que, si estamos atentos a sus latidos, nos revelan historias no conocidas. Empecemos por el primer dato: En 1900, el curato de Santa Brígida decidió comprar una pila para poder suministrar el sacramento del Bautismo, pues la parroquia había perdido prácticamente todo el patrimonio histórico artístico que había acumulado durante siglos en el pavoroso incendio que destruyó el antiguo templo en la noche del 21 de octubre de 1897, y del que sólo pudo salvarse “el archivo, cuatro imágenes y algunos objetos de oro y plata”.

Desaparecidas las imágenes, retablos y demás objetos litúrgicos era menester reponerlos. Y el curato de Santa Brígida puso manos a la obra a pesar de las dificultades del momento, en el marco histórico de la guerra de Cuba, un país muy vinculado económica y sentimentalmente con Canarias. Entonces, en la iglesia de San Francisco de Asís, vecina de la Alameda de Colón, se llevaban a cabo una serie de reformas y su párroco Antonio Artiles Rodríguez, había decidido desprenderse de varios de sus bienes inmuebles, algunos de gran valor artístico, como el bello retablo rococó situado en la capilla mayor, con su puerta del Sagrario de plata repujada, que se atribuye a José de San Guillermo, maestro del imaginero grancanario Luján Pérez. Con destino a Santa Brígida también salió la mencionada pila bautismal y un cuadro de ánimas, del siglo XVII, que hoy decora la pared colateral del Evangelio. Todo por el módico precio de mil pesetas, cuando José Miguel Alzola, el más meticuloso y longevo biógrafo de la ciudad, en su libro la iglesia de San Francisco de Asís (1986), asegura que “sólo la puerta del tabernáculo valía muchísimo más”.

Bautizo histórico

ImageDe modo que Santa Brígida agregaba a su renovado patrimonio la pila donde fue bautizado Benito María de los Dolores Pérez Galdós, que nació a las tres de la tarde del 10 de mayo de 1843 en su casa de la calle del Corregidor Cano, la misma que hoy acoge su museo. Era el décimo hijo del teniente coronel del ejército, Sebastián Pérez, y de su esposa, María de los Dolores Galdós y Medina (1800-1887), una diligente ama de casa que manejaba con mano fuerte aquel ejército doméstico.

El bautizo del nuevo cristiano tuvo lugar dos días después en la parroquia de San Francisco de Asís, como todos los feligreses que habitaban en la calle del Cano, en donde vivían navieros, comerciantes y pequeños propietarios. El acta de la ceremonia, rubricada al folio 64 vuelto, asiento número 582 del I Libro de Bautismos, que se custodia en el archivo parroquial reza así:

«En Canª, a doce de Mayo de mil ochocientos cuarenta y tres. Yo el Presbº. Don Francisco María Sosa, con licencia del infrascrito Cura del Partido de Triana, bauticé, puse óleo y crisma a Benito María de los Dolores, que nació el día diez del corriente, a las tres de la tarde, en la calle del Cano, e hijo legítimo del Teniente Coronel del Regimiento Provincial de Las Palmas Don Sebastián Pérez, natural de Valsequillo y Doña María Dolores Galdós, de esta Ciudad; abuelos paternos, Don Antonio Pérez y Doña Isabel María de Valsequillo; maternos, Don Domingo Galdós, natural de Vizcaya, Provincia de España y Doña María Medina, de esta Ciudad. Fue su padrino Don Domingo Pérez; advertidle su obligación y espiritual parentesco y firmamos. Matías Padrón. Francisco María Sosa».

ImageFue una ceremonia religiosa sencilla, estrictamente familiar, en la que el padrino del neófito era su hermano mayor, Domingo Pérez, diecinueve años mayor que él, quien llevó en sus brazos al pequeño de la casa, envuelto en blancas mantillas, hasta la pila bautismal. Por consiguiente, nada de grandes celebraciones. Si acaso, una comida familiar algo más abundante que la de diario, donde se bebiera para brindar por el nuevo cristiano que se estrenaba en la vida, con pocos invitados: el cura oficiante de aquel gran día, fray Francisco María Sosa y Falcón (1793-1846), con licencia del párroco de la iglesia de San Francisco, el herreño Matías Padrón Fernández (1804-1874), quien también firma aquella acta ya histórica.

Afán modernizador

Pues bien, medio siglo más tarde de aquella ceremonia, el párroco de San Francisco, llevado sin duda por un afán de modernizarlo todo en su iglesia, no cejaba en su empeño de seguir quitando y poniendo cosas, por lo que también decide vender la pila benditera a la parroquia de Santa Brígida, que llegó al pueblo al despuntar el siglo XX gracias a una colecta que había organizado el entusiasta coadjutor, Domingo de Vega Nuez, entre la feligresía con motivo de la fiesta del Santísimo Cristo. La pieza, en mármol blanco, de un metro de altura y con su pedestal de la misma materia, presidía el presbiterio de la citada iglesia desde su apertura, y probablemente pudo llegar de Génova, Marsella o Cádiz, lugares comunes de abastecimiento en tal género de enseres. Junto con la pila se adquirieron otros objetos litúrgicos “para el culto de la empobrecida parroquia”, señalaba puntualmente el periódico católico España, en su edición del lunes 17 de septiembre de 1900.

La pila decoró la nave derecha del nuevo templo de Santa Brígida, envolviéndose otra vez del incienso y las oraciones. Juan Navarro Estupiñán, natural de Ingenio y hermano de la abuela paterna del historiador satauteño Francisco Morales Padrón, se convirtió poco después en el nuevo párroco y contratista. A él le correspondió la dificultosa tarea de las obras de reedificación de la iglesia y seguir amueblando, poco a poco,  aquella casa de oración. El cura Navarro  tenía una deuda moral con el pueblo de Santa Brígida, como una promesa hecha a Dios, pues su hermano Francisco, el párroco testigo del incendio, no pudo ser partícipe de la reconstrucción del templo incendiado, ya que con el disgusto del fuego su vida expiró a los seis meses a causa de una embolia cerebral. Tenía 58 años.

Y así, como les he contado más atrás, se produjo el traslado de esa dispendiosa pieza vinculada a la historia de nuestro importante personaje desde la iglesia de San Francisco de Asís, y cuyo origen también se encuentra reflejado en el detallado inventario de bienes que el dinámico cura de Santa Brígida, Elías Verona y Hernández, natural de Telde, realizó de su puño y letra durante la regencia en nuestro templo, entre 1925 y 1939.

Placa conmemorativa

ImageTal vez, el párroco de San Francisco de Asís no fuera consciente de las valiosas piezas del patrimonio de su iglesia ni de la nómina de muchos personajes ilustres de la vida social y económica de la ciudad que acudieron a aquella pila a recibir el sacramento: Pedro Swanston, el primer cónsul ingles que tuvo Las Palmas; Néstor de la Torre Doreste, vicepresidente y socio fundador de la sociedad Filarmónica de Las Palmas; Ambrosio Hurtado de Mendoza y Pérez Galdós, alcalde de Las Palmas, sobrino del autor de los Episodios Nacionales, los emprendedores hermanos Rodríguez Quegles; Pino Apolinario, llamada la madre de los pobres, que fue desprendiéndose de su cuantioso patrimonio en beneficio de las personas desfavorecidas; Francisco González Díaz, escritor eminente y defensor del árbol en Gran Canaria, entre otros anónimos vecinos que recibieron las aguas de Jordán y que ya formaban parte de la historia íntima y espiritual de aquella parroquia.

Lo cierto es que gracias a las controvertidas reformas llevadas a cabo en aquel templo por el sacerdote Antonio Artiles Rodríguez, “no siempre acertado en sus realizaciones renovadoras”, en palabras de Alzola, Santa Brígida incorporó a su biografía la pila bautismal donde recibió las aguas ese nuevo cristiano a quien tanto debemos los canarios y la literatura Universal. Ojalá pueda verse allí una pequeña lápida de mármol que nos recuerde el nacimiento de Benito Pérez Galdós a fin de que su figura tenga aquí la dimensión que merece. O también con la esperanza de que mejor así se pueda conocer, valorar, defender y transmitir a las nuevas generaciones, turista o amante del patrimonio, el legado que los tasauteños conservan en su pueblo, el mismo que conoció las primeras andanzas por nuestros montes de aquel ilustre inquilino, mucho antes de que se pusiera escribir sobre los seres humanos, sus sentimientos y episodios colectivos, convirtiéndose en el escritor canario más universal de todos los tiempos.

 

 
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