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domingo, 14 de agosto de 2011
Image Bip-bip… bip-bip. ¡Las seis y media!  ̶  pensó al oír la radio-despertador. Alargó la mano para pulsar el botón y bloquear la alarma pero retuvo el movimiento  dejando el brazo suspendido entre la cama y la mesilla de noche, mientras las palabras radiadas en ese instante flotaban en la oscuridad de la habitación y removieron sus recuerdos de romera.

Cinco minutos, diez, quizás más,  estuvo traspuesta vagando por los años en que conoció a Antonio en el pueblo de su niñez. Eran compañeros de clase en la Universidad, pero nunca habían intercambiado más que leves saludos hasta que compartieron aquellas semanas de… ¿convivencia?  Recuerda que al salir del último examen, Conchi la convenció para ir a la reunión de la peña.

̶ - Nos vemos todos los años para preparar la carreta de la romería. Te lo pasarás bien  ̶  insistió.

Fueron unas noches maravillosas. Se reunían en un solar cercano a la casa de Antonio, donde tenían un coche viejo al que le habían hecho mil diabluras para convertirlo en una especie de plataforma sobre ruedas. Primero fueron los viernes y la última semana a diario. Se daban ideas, se planificaba, se discutía y poco a poco se le fue dando forma a una especie de arado en alusión a las tareas agrícolas, como símbolo de nuestras tradiciones decían. Se convirtieron en unos momentos inolvidables que luego se siguieron repitiendo durante años. Se derrochaba generosidad, amistad…  más que una peña, aquel grupo de amigos eran una piña que aprovechaba la ofrenda romería del pueblo para refrescar una amistad que los nuevos retos de la vida reclamaban como sacrificio. Los había parranderos que llevaban el timple como un apéndice propio; otros despuntaban en la gastronomía con unos picoteos caseros que bajaban con vino que pisaban en la zona, o refrescos y cerveza; casi todos hacíamos los coros de los que le ponían corazón a las malagueñas, las isas o las folías. Había disposición para que aquella carreta fuera tomando cuerpo y el que no se manejaba con herramientas, hilvanaba traperas, pintaba o ayudaba en lo que fuera. Los que tenían más labia se dedicaron la última semana a visitar a los agricultores de la zona para pedirles algo de la cosecha y poco a poco junto con lo que cada uno aportó de su propia casa, se fue juntando una enorme ofrenda solidaria para dejar ante la patrona.  El día principal era el colofón de la alegría compartida. Grupos, peñas, colectivos, vecinos e incluso foráneos, vivían con intensidad una riada de gente que derrochaba entusiasmo, euforia, jolgorio, música, bailes, picoteo y bebidas que borraban las líneas mágicas afectivas de cada grupo para fusionarse con el resto de los romeros y romeras que se hermanaban camino del pórtico de la iglesia donde la santa tendía su manto de acogida a todo un pueblo enamorado del legado de sus ancestros.

Hacía más de cinco años que les había perdido la pista a aquellos maravillosos amigos y amigas con los que tan buenos momentos pasó. Desde la separación de Antonio, solo le llegaba los ecos de la prensa que resaltaba la masiva asistencia de gente a la romería, ̶  ya no le llamaban ni ofrenda  ̶  y lo que Conchi le había comentado hacía un par de años cuando coincidieron en la guagua y que tanta tristeza le provocó.

̶  La ofrenda romería, ya no es lo que era  ̶  se lamentaba Conchi. La peña se fue aburriendo en la misma medida que aumentaba la afluencia de gente que no sentía las tradiciones y bebían hasta el etílico. Al final quedamos dos haciendo la carreta, que luego se llenaba de amigos de los amigos de mis amigos que nos pedían el cubata bien cargadito.

Nos equivocamos. En las relaciones humanas, lo importante no es la cantidad sino la calidad. La fidelidad a los orígenes de cada fiesta, a los motivos por los que en algún momento de nuestra historia, empezaron unas celebraciones que con el tiempo son nuestras fiestas tradicionales. El Manantial mostraba su satisfacción   ̶  emitía la radio  -̶   con la menor afluencia de gente, calificando La Traída del Agua, como una de las mejores de los últimos 44 años de historia.  Encendí la luz, me arregle y me fui contenta a trabajar. Aquella noticia me había alegrado el día.

Sinforiano Quintana - agosto 2011

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