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jueves, 15 de septiembre de 2011

ImageNo corrían buenos tiempos en aquellas desafortunadas porciones de tierras esparcidas sobre el  inmenso océano. Como antaño, la crisis económica mundial les castigaba severamente forzando a la emigración a tierras más generosas donde buscarse la vida propia y la de los suyos. A Manolo, el aldeano, se le antojó que a él también le había llegado el momento de rescatar la vieja  maleta que usó  su padre y su abuelo varias décadas antes, para cruzar el atlántico en casi una cascara de nuez.

Mientras colocaba las cuatro fotos, la batea, una camisa casi nueva y su inseparable libro de Galdós en la maleta, su cabeza vagaba en los recuerdos de cuando dejó las cabras y las tierras para irse a trabajar al sur. Le habían dicho que ese era el futuro. Que allí se ganaban buenas perras atendiendo en la hostelería. No le entusiasmó demasiado el ambiente. Miraba con asombro el descaro de las pálidas mujeres de pelo amarillo que de seguro nunca habían plantado con sus manos una tomatera.  Tampoco entendía mucho que hacía trabajando para extranjeros que trapicheaban con todo en esta isla, pero con tal seguir viviendo cerca de la familia, se contenía la indignación que se le atravesaba en la garganta.

Esta era la segunda vez que hacía la maleta. Aguantó lo de trabajar sirviendo copas para gente extraña a la que ni siquiera entendía. Aguantó lo de las rubias del norte que a su juicio eran una ofensa a la mujer de la tierra, trabajadora y honrada que sostenía casi en penurias a unas familias descabezadas por la crisis o por la maldita guerra sin sentido que dividió a los pueblos en buenos y malos, rojos y blancos o víctimas y verdugos. Pero volvió a sumirlo en la angustia los nuevos vientos de guerra que presagiaban nuevamente horizontes de alambradas y trincheras de muerte.

La maleta ya la tenía nuevamente preparada sobre la cama, cerrada con un hilo de pita que la rodeaba. La vieja maleta que su abuelo había usado como banco para viajar en la cubierta de aquellas barquillas atuneras, que decían de dos proas, porque nunca retrocedían. La miraba mientras seguían fluyendo en su cabeza los recuerdos vividos, los amores sentidos, los suspiros perdidos en el tiempo de sus antepasados, que no recularon ante los reveces que les deparó la vida. 

La maleta parecía tener vida propia y Manolo el aldeano, creyó que le hablaba en nombre de su abuelo y de su padre. Se lo pensó mejor. No estaba dispuesto a dejar atrás su memoria, su gente,  su tierra, sus costumbres y sus tradiciones. Deshizo nuevamente la maleta. Le quitó el hilo de pita y le puso una cerradura nueva, la limpió y la barnizo. La dejó como nueva y con ella  se fue al muelle.

Allí vio barcos que iban y venían; gentes que subían y bajaban;  unos traían y otros llevaban….  Manolo se comió su timidez y se acercó con desparpajo a un rubio alto y corpulento que se acercaba a la pasarela del barco encarnado más cercano que tenía y le espetó: ¡Eh, oiga!  ¡Si, usted! Le regalo la maleta para que la use y nunca la devuelva. ¡No quiero más maletas en la historia de la insular miseria!

Aquel forastero de procedencia alemana, con la cara como plato de mojo con morena, se quedó mirándolo sorprendido y solo se atrevió a decir:  Ich verstehe nicht, Herr ...*  

Sinforiano quintana - septiembre

* no le entiendo señor

reversioneando en prosa el poema "LA MALETA" de Pedro Lezcano, al que este fin de semana le celebramos el 4º Memorial.

 
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