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sábado, 19 de mayo de 2012

Cada sábado por la noche el parque municipal de la Villa se convertía en el centro de la ‘movida insular’


Image   Pedro Socorro Santana.

Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida

_______No importaba en qué parte de la Isla residiera uno ni cómo llegar esa noche hasta la villa de Santa Brígida, pero cuando se anunciaba la celebración de la verbena del lechón, la cabra siempre tiraba al monte. Había ganas de pasarlo bien después de tantos años de represión y así fue como aquellas verbenas pasaron a ser pasión generacional de la juventud satauteña y el fenómeno de moda de la década de los setenta. Image

La idea partió del empresario satauteño Gonzalo Medina Ramos, entonces presidente de la Sociedad Deportiva Santa Brígida y del Real Casino, como una forma de financiar al equipo de fútbol local que ansiaba realizar gradas para los aficionados en el nuevo estadio municipal, situado en el corazón del pueblo. Para entonces el equipillo aspiraba a ascender a la primera división regional.

Los organizadores querían recuperar una tradición que parecía perdida: la alegría de la diversión al aire libre, sabedores de que no hay hogar más hermoso que una calle cuando es la casa de todos. Pero al mismo tiempo deseaban buscar algo distinto, llamativo, así que decidieron rifar un lechón que el carnicero del pueblo, Atilio Martín, traería para la ocasión. Las entradas al baile costaban 150 pesetas a los hombres y las mujeres entraban gratis; a cambio había barra libre y unos ventorrillos de los que emanaban un olor a chuletas que hacían las delicias del público asistente.

El gran acontecimiento del verano del 74 en Santa Brígida fue posible gracias al esfuerzo colectivo de mucha gente, al entusiasmo irreductible de la directiva del equipo de fútbol y a la fe incombustible de personas como Arturo Rodríguez Espino, Santiago López, Manolo Ojeda el chapa, Juan Río, el caminero; Jacobo González, Gonzalo García, Pepito Guerra, Pepe Arencibia, Guillermo Mendoza o Santiago Rodríguez de la Coba, que junto con varios vecinos de La Atalaya pusieron todo su empeño en superarse cada año y en convertir a la Villa, cada fin de semana, en la capital de la diversión. Son sólo algunos de los nombres de colaboradores que, junto las esposas de estos hombres, que esperaban en sus casas y cuidaban esos días de las familias, hicieron posible el sueño de muchas noches de verano.

Las primeras verbenas del lechón se celebraron el sábado 10 de agosto de 1974 y el domingo 11, y ambas fueron un éxito de participación –con unos 2.500 personas– y por ende, una buena recaudación para los organizadores, que se aseguraron fondos para celebraciones posteriores en un parque municipal que ya era el marco inolvidable para las interrelaciones personales y sociales entre los vecinos. Antes se había llevado a cabo una campaña publicitaria en periódicos y la colocación de cartelería en sitios estratégicos de la ciudad, en cuyos carteles se mostraban al lechón tanto tocando la guitarra, como subido en patineta o descendiendo del cielo en paracaídas.  

A partir de entonces no podía entenderse un fin de semana sin las verbenas del lechón, que dieron personalidad a las noches veraniegas de Santa Brígida, con su cadencia canaria y el bullicio masivo de aquella generación del clíper, seven up, melenas, minifaldas moderadas, nuevos ritmos y sonidos que paraban cuando llegaba el turno al sorteo del cochino.

Las verbenas estaban concebidas para que todos se divirtieran y lo pasaran en grande, tanto la gente joven que bailaba al son de la música pop, como los mayores que contoneaban sus cuerpos al compás cadencioso de un vals, una alegre rumba o disfrutaban de los tangos que cantaba y bailaba el popular compositor argentino Carlos Acuña, considerado entonces el otro Gardel. Pero también aquellos bailes eran la ocasión para el preludio de la cita nerviosa de los enamorados y para que también algún que otro guardia municipal estuviera en apuros.

Aquel fenómeno verbenero tomó tal auge que a final de ese año ya se había celebrado una veintena de ellas, con la participación de más de setenta mil personas para satisfacción de los organizadores, y también de la economía municipal (bares, restaurantes, taxis, etc.). ¡A bailar!, era la consigna del momento.

Cada sábado por la noche había actuaciones importantes, siendo Tony Rubiales el primer solista canario que actuó en las populares verbenas, aunque con José Vélez llegó el escándalo. Su actuación atrajo tanto público al parque municipal que la gente se subió al tejado del bar y al frondoso algarrobero de la parte alta.

La fama y espectacularidad de estas verbenas aumentaron con el tiempo. El pueblo vivía la belle époque de la marcha y todos los prodigios parecían posibles: incluso la elección de Miss Las Palmas y Miss Gran Canaria, celebrada el sábado 30 de agosto de 1986, con la actuación estelar de Ángela Carrasco. La gala fue presentada por el periodista satauteño José Martín Ramos y en la misma la joven Lidia Santana Ramírez, vecina de Pino Santo, fue coronada segunda dama de honor.

ImageTambién por esos años ya venían celebrándose los festivales musicales, y llegaría el turno de los artistas y estrellas nacionales: Rocío Dúrcal, Manolo Escobar, Karina, Los Panchos, José Luis Perales o grupos musicales famosos del momento como la Topolino Radio Orquesta que, con sus inolvidables canciones La vaca lechera o Mi casita de papel, canalizó la fiebre de los nuevos ritmos de la música ye-yes y otros más alegres y populares llegados de varios países latinoamericanos. Aunque para ello fuese necesario que ese torbellino de intensa y masiva participación popular se realizara en un espacio mayor. El antiguo aparcamiento municipal quedaría vallado con decenas de planchas de plásticos, instalándose junto a la entrada del antiguo campo de fútbol un escenario, con techo, por si llovía.

Sin duda, fue un momento eufórico en que Santa Brígida se convertía en uno de los focos de atención festiva de Gran Canaria, el centro de la movida insular. La señal también de que la España de los setenta y ochenta del siglo pasado ya no estaba traumatizada por el franquismo y la transición, sino por la distracción, la música de verbena y muchas chuletas sin hueso que, dentro de un pan, eran el plato de resistencia de aquellas noches de emociones, plenas de sabor isleño, de sana y desbordante alegría.

 
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