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La Fonda Melián y el dulce sabor satauteño PDF Imprimir E-Mail
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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Pedro Socorro.

ImageHace medio siglo, cerró para siempre sus puertas la que fue durante décadas la fonda más acogedora y emblemática de la Villa de Santa Brígida: La Fonda Melián, obrador de los ricos bizcochos lustrados. Todavía hoy, esta antigua casa de huéspedes que abrió al público en 1926, junto al Paseo del Castaño, mantiene parte de aquel peculiar estilo con el que su fundador, Pancho Melián Cabrera, alojaba a médicos, maestros, comerciantes, parejas de luna de miel, poetas y demás gente de paso que hacían un alto en el camino para descansar o comer y, en su caso, dormir a piernas sueltas en aquellas altas camas de madera labrada, a cuya sombra se escondía la bacinilla (escupidera).

 Los bizcochos lustrados de la antigua hospedería de la Villa mantienen su calidad

 En los primeros años del siglo XX, animados por la presencia de los turistas y viajeros que visitan el pueblo de paso para la Cumbre, se pone en marcha en Santa Brígida una oferta alojativa más modesta y económica que los hoteles establecidos en El Monte cercano, donde el turismo ya había alcanzado una propensión relativamente notable. El Porvenir, una parada y fonda ubicada en una antigua casa de la calle Real, a un brinco de la carretera, prestaba sus servicios de alojamiento y casa de comida a viajeros y comerciantes que recalaban por el pueblo, en parte gracias a la facilidad de las nuevas comunicaciones con la ciudad que permitió una afluencia mayor de visitantes hacia el interior de la Isla.

La primera referencia de la existencia de esta casa de huéspedes nos la ofrece el periódico Diario de Las Palmas, el 3 de septiembre de 1907, que informa sobre una gira de los socios del Círculo Mercantil a la Hoya Bravo, un merendero por entonces muy tradicional de nuestro pueblo, y cuya comida la sirvió “la fonda del Sr. Medina, de Santa Brígida", mereciendo "unánimes elogios".

ImageSegún el Diario, "en una plazoleta del bosque, se extendieron los manteles, y ahí comimos como príncipes, servidos con un esmero que no se encontrará siempre en muchos hoteles de la ciudad”. Probablemente sea la misma fonda “de modesta apariencia” y próxima a la iglesia, propiedad del vecino José Medina Rodríguez, en la que comieron los botánicos franceses Charles Joseph Pitard y Louis Proust, quienes la citan dos años después (1909) durante una excursión que realizan a la Vega de San Mateo. Su obra, Les Iles Canaries, ofrece, además, una visión detallada de los usos y costumbres de los canarios, que tuvieron la oportunidad de conocer a partir del recorrido que realizaron aquellos dos inquietos intelectuales que, auspiciados por su gobierno, visitaron Canarias entre 1905 y 1906.

“(…) Santa Brígida posee una pequeña Fonda, de modesta apariencia, donde se podía comer correctamente. La iglesia se encuentra en reconstrucción y dentro de una casa de planta baja está instalada una escuela donde una treintena de niños leen juntos y en alta voz, creando un ruido asombroso”.

El Porvenir fue, casi con toda seguridad, la primera pensión que tuvo el pueblo, cuya vida se alarga al menos hasta 1923, cuando una nueva cita periodística nos informa que la nueva propietaria es doña Hilaria Medina Barrera, hija del fundador dueño, que por esas fechas había fallecido.·

“SE VENDE una casa recién construida en el pueblo de Santa Brígida a 50 metros de la carretera con comodidades para una familia, informará la Fonda de doña Hilaria Medina”.

Nos consta que un año más tarde, a su dueña le resultaba imposible continuar con el negocio, por lo que decide traspasarlo, publicando un anuncio en La Provincia, concretamente el 11 de marzo de 1924.

“Por no poderla atender su dueña, se traspasa la acreditada fonda y café “El Porvenir” de la Villa de Santa Brígida con numerosa clientela en toda la Isla”

··········· Informarán en la misma y en Las Palmas en la peletería La Campana”

ImageNadie parece querer seguir con aquel negocio familiar situado en la entrada del pueblo para atender a un turismo de paso, algún viajero que recalaba para almorzar o comerciantes que iban a cerrar el trato de algún negocio por los pueblos de las medianías. Sin embargo, los buenos resultados obtenidos hasta entonces por la vecina fonda, unos metros más abajo, avalaron la iniciativa emprendida por un avispado hombre de negocios del pueblo: Francisco Melián Cabrera, natural de la Vega de San Mateo, casado con doña Dolores Rodríguez Díaz y padres de siete hijos. La familia residía en la calle Calvario número 7 y por esas fechas su patriarca tenía una venta de vinos en La Alcantarilla.

A esa altura de su vida, traspasado ya los sesenta años, Pancho Melián se convence de que un hostal sería un buen retiro tras una vida dedicada al público y como respaldo de un futuro menos cochambroso que el pretérito para su numerosa prole. Era un hombre que aún rebosaba optimismo e ilusión. En su juventud había sido zapatero de profesión, abriendo en el verano de 1893 un moderno depósito de cuero que se publicita en la prensa de la época. Más tarde se dedicó al oficio de panadero (1923), luego comerciante y ahora mesonero.

Con las miras puestas en el ejemplo de la fonda El Porvenir, Pancho Melián decide construir en 1926 su nueva casa y su moderna fonda en un terreno que había adquirido en el Paseo del Castaño. Comenzaba en los felices años veinte la época gloriosa de la Fonda Melián. Una pequeña nota aparecida en La Provincia, de fecha 10 de agosto de 1927, da cuenta de su actividad comercial, en un momento en que la venta de solares en el citado paseo se había puesto de moda.

“Se vende para fabricación un solar junto a la fonda del Sr. Melián en Santa Brígida. Para informes viuda de Márquez, calle Ripoche Num. 25, puerto de la Luz”.

·

El nuevo inmueble, hermano gemelo de la nueva sede del Real Casino, propiedad del ex alcalde Manuel de la Coba Domínguez, con el que comparte idéntica distribución espacial y estilo arquitectónico, comenzó a configurar un nuevo rostro al urbanismo del pueblo, moderno y neoclásico, que ve estirar hacia el norte la trama urbana de su antiguo casco histórico. Se trata de una edificación de dos plantas cuya fachada principal, resaltando sus balcones de fundición y sus grandes ventanales que dan a la calle y que marcan la impronta del conjunto.

ImageEn el interior se halla un amplio y bello patio, hermoseado por viejos helechos colgantes y presidido por una escalera de mármol y balaustre de madera que da acceso a la planta superior, donde se encontraban los cinco dormitorios para el descanso de los huéspedes o aquellos viajeros o comerciantes que hacían la ruta del Centro, camino a las medianías y cumbre de la Isla, o de quienes venían de esta zona con destino a la capital.

Se ubicaba, sin duda, en un lugar apropiado. Estaba al lado del Real Casino, único centro social del pueblo que ese año trajo la novedad del cinematógrafo. Se trataba de una inédita distracción que el nuevo presidente de la Sociedad, el médico titular del pueblo, Rafael O`Shanahan y Bravo de Laguna –por cierto, uno de los primeros huéspedes de la nueva Fonda- incorporó al escaso programa de esparcimientos y de ocios de nuestros antepasados de los que formaban parte los bailes, los paseos, las carreras de caballos, los juegos del casino…. En la Sociedad también estaba la Cantina, con la centralita telefónica del pueblo, y lugar de espera del pasaje y de recalada de los “coches de hora” que iban hacia Las Palmas o Tejeda.

La Fonda Melián aún mantiene parte de su antiguo mobiliario, tan bueno era. Está como hubiera estado un día cualquiera de 1930 cuando funcionaba el servicio de hospedaje y comidas. Los clientes disponían de un baño común en la planta baja, y en frente el comedor, que daba a la calle y donde también existía un piano que animaba a los forasteros en algunas inolvidables veladas cuando alguien se atrevía a tocarlo. Camas de madera, altas, cubierta con colchas trabajada en bordados, bajo cuyos vuelos se escondían las bacinillas, mesas de noche de caoba y tableros de mármol, cómodas, reloj, arcón, cuadros del Sagrado Corazón y de la Virgen, tresillos de mimbres o de rejillas, taburetes, bancos largos y sin espaldar, vitrinas y otras piezas, integraban el escueto y severo mobiliario de la fonda. Sin olvidarse de aquel mueble perfecto, de hierro pelado, en cada estancia: el palanganero, con su espejo, su palangana de porcelana y su aguamanil con jarra de agua, para lavarse la cara nada más levantarse.

Además, contaba aquel establecimiento con servicio doméstico, que ayudaba tanto en las tareas de limpieza de las habitaciones como en la preparación de las comidas que se ofrecían a los clientes servidas a su hora sobre aquellas robustas mesas de madera con su hule, como Dios manda. Aquellas soperas echando humo, divinos potajes de jaramagos o “las famosas carajacas” que preparaba Panchito Melián, según recuerdan los vecinos más memoriosos.

La Fonda Melián, al menos en aquellos sus primeros años de vida, prestaba un servicio de calidad para la época y reunía las comodidades suficientes y una comida casera bastante aceptable para los clientes. Fue, por tanto, un buen precedente de las actuales casas rurales que pueblan el municipio.

ImageEn esta antigua casa había huéspedes estables: el médico soltero que acaba de llegar destinado al pueblo, el maestro escuela que buscaba otro destino y no quería coger arraigo. Otros personajes, en cambio, hicieron uso de sus estancias para celebrar en familia los fines de años -precursor del menú turístico y del control de calidad que hoy parecen inventos contemporáneos- o incluso el lugar propicio, alejado del mundanal ruido, para escribir bellos versos en medio de la tranquilidad y el sosiego que aún gozaba este pueblo de las medianías.

Precisamente, durante la década de los años cuarenta, en plena posguerra, una habitación de la Fonda Melián estaba permanentemente ocupada por la inolvidable poetisa canaria Asunción Madera, popularmente conocida como Chona Madera (1901-1980). Una mujer pionera de las letras insulares que cometió el error de nacer en una época en que la mujer era poco valorada. Allí escribiría sus primeras rimas antes de que viera la luz una de su primera gran obra: “El Volcado silencio” (1944) y muchos otros versos que cobraron vida en los diarios y revistas de las islas en los que colaboraba, como la revista de poesía y arte Gánigo, editada por el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, y la publicación literaria Mujeres en la Isla, de Las Palmas de Gran Canaria.

Chona Madera se sentía a gusto en aquel su refugio campestre, que durante largas temporadas convirtió en su casa, dado el ambiente hogareño que impregnaba cada rincón de la Fonda y la generosa y admirada hospitalidad de sus dueños, conocedores de las costumbres de sus fieles clientes. ¡Eso si que era un trato personalizado!.

Ya a finales de los años cincuenta, la Fonda, a cargo de Antonio Hernández Melián, nieto del fundador, cerró definitivamente el negocio. No era tan rentable. Chona Madera, su cliente más asidua, marchó por esas fechas a Madrid y seguiría el fecundo horizonte de las letras, publicando poco después su nuevo trabajo bajo el curioso título de Las Estancias Vacías (1961), con prólogo de Luis Benítez Inglott. Y un poema que dejaría sobre aquel pueblo todavía rural, tranquilo y encerrado en sí mismo.

ImagePOEMA RURAL

Desde esta ventana que cae hacia poniente,

Que invita a ver la tarde, me dijo:

Este es el campo; en esa hora

en que regresan –puro músculo y fibra-

sus hombres del trabajo, por el sol.

curtidos por el viento –esa descomunal terrible mano-.

 

En los anchos hombros los aperos

Y en los ojos, bien metido el horizonte,

Que nadie como ellos avizora

En él sí habrá bonanza

O malo será el tiempo.

 

Este es el campo: me dijo:

estos son sus hombres; en su eterno afán entre

surco y simiente;

la que no siempre el surco

En lozano fruto le devuelve

 

Al paso los observo: restos de hierbas

traen sus trajes (un olor a establo el viento)

en sus labios, el húmedo cigarro se mueve, cabecea

entre palabras despaciosas

jamás parecen tener prisa

Y todo lo hacen a su hora

Después de tanta vida urbana

nueva es para mí esta otra.

Como un nuevo nacimiento

Si el pensamiento poco ahonda.

Por más que extraña lo sentimos, que aunque queramos

No se asocia

a la de siempre

y como extraña,

en la de siempre, nos rebota

Uno al fin no es más que una costumbre. Un producto

de esas circunstancias que lo forma.

Nunca podemos evadirnos, nunca.

Que aunque pretendamos ser distintos

y por más empeño que uno ponga

imposible cambiar.

No cambiaremos

Jamás podremos ser otra cosa.

 

En el alma de aquel emblemático establecimiento quedaron los mejores versos, los secretos de alcoba, múltiples pasajes y vivencias y el orgullo de una casa abierta al mundo que hasta entonces había acogido a una clientela que disfrutaba de su estupenda ubicación en el mejor ambiente hogareño. Inexorablemente, junto al chirriar de sus goznes se marchitó también una parte de la historia íntima de la Villa. Entretanto, la historia gastronómica seguía su curso, toda vez que la habitación que daba al Paseo del Castaño (hoy Calvo Sotelo) continuó con su actividad como bar-dulcería, donde se vendía con gran éxito los preciados bizcochos lustrados que Eusebia Melián Rodríguez, la hija mayor de Pancho Melián, había aprendido a hacerlos de su madre Dolores.

Hoy día la Fonda Melián figura cual constante en los sueños de muchas personas de cierta edad. Por lo menos dos pequeños letreros de hierro que cuelgan de la fachada siguen complaciendo a todos los transeúntes como un elemento más del paisaje urbano.

Repostería

ImageLa Fonda Melián se convirtió desde su apertura en el obrador de una exquisita y singular repostería que ha hecho la delicia de varias generaciones de satauteños: bollos de anís, bizcochones bañados con merengue, suspiros y unos populares bollos negros “que eran duros de masticar, pero que todo el mundo los pedía”, recuerda Araceli Hernández Estrada, la última mantenedora de estos sabores de ensueño y biznieta de Pancho Melián.

Uno de los pocos supervivientes de aquel gran surtido de dulces con la que aún cuenta la Villa de Santa Brígida, son los bizcochos lustrados que actualmente se venden para una clientela fija y variopinta que reconoce un valor y una calidad que en muchas ocasiones la pastelería comercial ha perdido. Los bizcochos hechos a base de harina, azúcar, huevos, ralladuras de limón y un mimo artesano sigue siendo una receta secreta que aprendió de su abuela Eusebia.

Los bizcochos de la Fonda Melián han dado la vuelta al mundo. “Recuerdo que cuando aún vivía mi padre (Antonio Hernández Melián), por los años cincuenta, había un matrimonio que se los llevaba hasta Nueva York, donde residía este matrimonio”, asegura Araceli Hernández.

Se les llaman lustrados porque llevan un revestimiento o ‘lustre’ de almíbar en la parte superior, única diferencia con los bizcochos de las localidades de Moya y Tamaraceite, los cuales son lustrados con una capa de merengue. A una de aquellas dulceras, nuestro entrañable Pancho Guerra le dedicó una copla, tantas veces repetidas en fiestas y jolgorios:

“Dolorsita Afonso
-De Tamaraceite-
bizcochos lustrados,
palillos de dientes”

·

ImageAunque Araceli Hernández no revela la cantidad que se obtienen (secreto de familia), sí nos explica la receta: "Batir las claras a punto de nieve, añadirles las yemas muy batidas con el azúcar, seguir batiendo hasta formar una masa y ponerle limón rayado. Después se le pone la harina sin batir, revolviendo bien. Forrar un molde plano de papel, echar la masa en él y cocerlo a horno fuerte. Una vez hecho, se vuelca en una mesa y se hacen los trozos con un cuchillo. Después, ya fríos, se lustran".

Son los "bizcochos lustrados" de la Fonda Melián

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