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La Angostura: ‘La Rusia chica’ PDF Imprimir E-Mail
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miércoles, 22 de mayo de 2013

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Aquel domingo (19 de julio de 1936) muchos vecinos del barrio de La Angostura experimentaron cierto miedo y recelo al enterarse de la detención de Emilio Hurtado Macías, maestro de la escuela de niños de La Calzada. Cuatro meses antes aquel enseñante, natural de Cáceres, había reunido a más de un centenar de agricultores de la zona para fundar la Sociedad de Oficios Varios de La Angostura, de la que él sería su secretario. Los campesinos de este importante pago agrícola del municipio trataban de obtener mejoras en el trabajo de la tierra y algunas que otras exigencias de unos terratenientes no habituados a convivir con tales factores en el desarrollo de su actividad económica. Aquel movimiento sindical provocó que el pago fuera conocido a partir de entonces como «la Rusia chica» y, también, uno de los lugares más visitados por la Guardia Civil y un grupo de hombres vestidos con camisa azul, correaje y fusilería al hombro que buscaban a determinados campesinos con aviesas intenciones.

Aunque La Angostura no tenía tradición roja, el partido que encarnó más que nadie la vasca Dolores Ibárruri Gómez, Pasionaria, con el sueño de la emancipación obrera por bandera, contaba en aquel barrio con un grupo de simpatizantes, ya en el olvido, pero que merece la pena ser recordados, pues en los ilusionantes años de la II República lucharon por mejorar sus condiciones de vida, algo inédito en un pueblo rural dominado por un modelo económico donde imperaba el caciquismo.

Una rara crueldad había sucedido tres días antes del conflicto que provocó el enfrentamiento entre españoles. Parecía un sino de lo que iba a suceder después. En aquel barrio había fallecido el labrador Jerónimo Sánchez Rodríguez, conocido republicano y gran activista de su pago, a la edad de 46 años. Jerónimo había estado en Cuba varios años, de donde se trajo un puñado de pesos y unas ideas declaradamente más liberales y progresistas. El 15 de julio de 1936 su féretro fue transportado a hombros hasta el pueblo, cubierto por una bandera roja con la hoz y el martillo, pero al llegar a la altura de Satautejo el cortejo fúnebre debió parar un rato. Alguien, por orden del propio cura párroco, acudió con la exigencia de que si no quitaban la bandera, se denegaba la celebración de una misa funeral en la memoria del difunto y, por tanto, no recibiría cristiana sepultura en el cementerio, lo que dejaba a la familia del muerto en una situación más que difícil y comprometida, cumpliéndose la orden.

Este triste episodio tuvo su continuidad al desatarse el Golpe. La maestra de la escuela de niñas de La Angostura, María Morales Santana, sería separada de la enseñanza de la escuela el 26 de octubre de 1936. En el pliego de cargos que la Comisión Depuradora del Magisterio de Las Palmas realizó contra ella figuraban, entre otras acusaciones, la de haber confeccionado la bandera roja que envolvía el féretro de aquel campesino angosturense, la de poner en los uniformes de sus alumnas un cinturón encarnado y un lazo rojo y, también, la de cantar la Internacional al comienzo de las clases. Con todo, esta vecina del Puerto perdería poco después a su novio fusilado en La Isleta por su pertenencia al Partido Comunista.

Utopía comunista

El camino de este valle hacia la utopía comunista se inició en la primavera de 1936. En aquellos lejanos días, Emilio Hurtado Macías, delgado y tenso como una cuerda de timple, se aupó ligeramente y, con su voz seca y mitinera, se dirigió a las decenas de campesinos que le escuchaban. Por aquel entonces, el antiguo valle que creció en torno al barranco y a la rica hacienda de El Tejar, propiedad de la familia Massieu, era un pueblo de jornaleros muy pobres, sin apenas ingresos ni perspectivas de futuro, en un horizonte de cuevas e infraviviendas y fincas ganadas al lecho del cauce del Guiniguada. Allí, entre los surcos de papas, frutales y hortalizas, la lucha sindical iniciaba tímidamente el camino de un futuro que habría de salvar obstáculos, momentos claros y oscuros, vicisitudes, pero que alentó tantas esperanzas, la de aquellos hombres que lucharon por ideales de solidaridad, igualdad y convivencia en plena República. El maestro pedía el voto para el Partido Comunista de España en la finca de El Tejar, en las nuevas elecciones generales, y últimas, de la Segunda República Española. Emilio Hurtado hablaba del sufrimiento de aquel barrio y los bajos sueldos de los obreros campesinos y boyeros que trabajaban de sol a sol, como esclavos. Eran meses de muchos aires reivindicativos, de huelgas, ocupaciones de fincas y críticas contra unos empresarios o patrones que, a pesar de la crisis económica que se vivía en Las Palmas y un paro obrero que llegó a adquirir unas proporciones semejantes a las presentes, contrataron obreros del norte de África para llevar a cabo las obras del nuevo puente de La Calzada que se culminaba en aquella época. «Se colgaban como monos de los andamiajes del puente», aseguran los más viejos del lugar. Durante las obras los trabajadores usaban unas antiguas cuevas aborígenes para pernoctar y que aún hoy se conocen con el topónimo de «Cuevas del moro». 

La gente, en su mayoría analfabeta, escuchaba a Emilio Hurtado como el que contaba una historia grandiosa, fantástica y fabulosa. Fue un tiempo en el que el nuevo maestro de escuela de niños de educación especial de La Calzada, bien conectado socialmente, supo aprovechar el movimiento vecinal para consolidar la estructura de un partido desconocido. Así, el 29 de marzo fundó en el valle la Sociedad de Oficios Varios de La Angostura, la primera agrupación sindical de toda la historia de Santa Brígida, con 120 afiliados. Entre los directivos de aquella sociedad figuraban Federico Romero Santana, conocido como el Platero, Antonio Vega, vicepresidente, y los vocales Manuel Cerpa Hernández, Pedro Tadeo López, Ignacio Santana Navarro, Juan Sánchez Armas y Santiago Alemán Espino, estos dos últimos maestros albañiles y conocidos labrantes de la zona.

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Los socios emprendieron una serie de protestas para reivindicar la construcción de represas, la imposición de un impuesto a los propietarios de chalets en la Villa para destinar su importe al saneamiento de la vivienda de los campesinos, la implantación de la jornada laboral de ocho horas y un jornal mínimo semanal de treinta pesetas. Todos estaban entusiasmados con la idea de dejar atrás su mísera existencia, pero llegó lo peor. España se desmoronaba alrededor y el golpe militar capitaneado por el General Franco obligó a aquellos hombres a dispersarse, a esconderse y a recluirse en el más prudente de los silencios. 

En los días posteriores que siguieron al estallido de la Guerra, miembros de las milicias locales falangistas realizaron intensos rastreos en La Angostura en busca de determinados jornaleros vinculados al Frente Popular, que aglutinaba a los partidos de izquierdas. El secretario de los sindicalistas, Emilio Hurtado Macías, sería uno de los primeros arrestados. Fue el domingo 19 de julio de 1936, dos días después de haber cumplido los 39 años. Una semana más tarde se apresó en la ciudad al presidente de la mencionada sociedad obrera, Federico Romero Santana, de 39 años y pintor de profesión, que había sido apoderado del Frente Popular en las últimas elecciones generales, siendo ingresado en la prisión de San Francisco en calidad de detenido gubernativo.

Entretanto, los vecinos Antonio Vega, Pedro Tadeo López, Isidro López y Santiago Alemán Espino, directivos de la citada agrupación sindical, se vieron obligados a esconderse en unas cuevas de la montaña, conocidas como Los Covones, para evitar ser detenidos por un grupo de falangistas que los buscaban, lo que demuestra el temor que se desató en los primeros días del fatídico Golpe. «La comida se la llevaban a cada varios días», rememora hoy un hijo del labrante Santiago Alemán, del mismo nombre.

Por fortuna, ninguno de los citados vecinos resultó detenido gracias a la intervención de Juan Massieu y Matos, ex alcalde de Santa Brígida, hábil hombre de negocios y acomodado propietario agrícola, un personaje con suficiente poder, tanto político como social y económico, y amigo personal del obispo Pildain. Don Juan Massieu salió en defensa de ellos, pues la mayoría trabajaba en su hacienda. Los angostureños más longevos dan fe de ello. José López Díaz, de 86 años, comenta que «Don Juan Massieu hizo mucho por la gente de La Angostura y no dejó que se llevaran a nadie de aquí, porque él respondería por ellos».

Más preciso se muestra el conocido agricultor Carlos Hernández Sarmiento, que oyó decir a sus padres que «si no fuera por don Juan La Angostura la dejan limpia. Él era muy buena gente, pero tenía mucho carácter. Mis padres me contaron que un día, a la salida de la misa, don Juan cogió al secretario del juzgado municipal y le dijo: ¡Mire, don José Antonio, como en La Angostura me falte una sola persona se las verá conmigo, porque los verdaderos comunistas están aquí en Santa Brígida!». De este modo Juan Massieu quedaría en la memoria colectiva como la persona que evitó que ningún vecino de la zona fuera represaliado durante el Franquismo, apartándoles de las garras de los verdugos y aportando testimonios exculpatorios o avales de peso a los falangistas, algunos de su propia familia, a fin de cortar de raíz la inagotable venganza de los vencedores.

Pero no todos los miembros de aquel sindicato agrícola tuvieron la misma suerte de evitar un procesamiento militar y poner en peligro su vida. Tanto el presidente como el secretario fueron detenidos al considerárseles responsables de haber inoculado en aquellos campesinos el virus republicano y de todos los males que trajo consigo la República como, entre otros, la mejora salarial que reclamaban. Emilio Hurtado Macías sería enjuiciado por «agitador extremista», cuya pena se incrementó al estar afiliado a la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza (fete) y, sobre todo, por su pertenencia a la masonería; por tanto, muchas razones en su contra para poder ser salvado y para deducir causas claras de encono. Durante dos meses Emilio Hurtado estuvo preso en el campo de concentración de La Isleta y el martes 13 de octubre de 1936 fue trasladado en el correíllo Gomera, junto a otros 54 prisioneros grancanarios, hasta Santa Cruz de Tenerife para ser ingresado en la prisión de Fyffes, unos antiguos almacenes de plátanos y guano, habilitados como centro de reclusión tras el Golpe, que la empresa Fyffes Limited tenía a las afueras de la capital.

Un topo en La Angostura

El miedo a ser fusilados tras el golpe militar del 36 condenó a un puñado de españoles a esconderse durante largos años como topos en su propia casa, como enterrados en vida. Es el caso de Pedro Nolasco Perdomo Pérez, natural de Lanzarote y vecino del barrio grancanario de La Isleta, que estuvo escondido en el pago de La Angostura en el domicilio de una de sus once hermanas, Margarita, gracias a sus familiares, que guardaron solidariamente su secreto. Perdomo era vocal del comité ejecutivo local del PSOE, se escondió tras el golpe militar y no volvió a ver la luz del sol hasta casi 32 años después.

Dos mil pesetas de la época ofrecían por su cabeza las nuevas autoridades, y fueron muchos los que trataron de entregarlo para embolsarse una cantidad económica que en un lugar pobre como La Isleta constituía una fortuna. Pero Pedro Nolasco Perdomo tenía once hermanas; y de casa en casa, de una a otra, logrará sobrevivir a los años de más dura represión. Los primeros días los pasó escondido en casa de su hermana Antonia. Él sabía que aquel escondite no era del todo seguro, pues había gente al acecho. Son muchos días de incertidumbre, pero era un riesgo que habría que afrontar. Así que durante una noche Pedro marchó a la casa de su hermana Catalina, en el pago de La Angostura, en medio del campo, para continuar con un encierro que obligaba a la cautela, al disimulo, a mantenerse en la penumbra; esto es: escondido. Y allí permaneció durante largo tiempo, hasta que su hermana murió… y a otra casa.

Sin duda, los años de clandestinidad y detenciones dejaron una terrible secuela de desconfianzas y miedo en La Angostura. La simple sospecha de que alguien hubiera hablado era suficiente para el más tremendo ostracismo, como el de Emilio Hurtado o el de Pedro Nolasco, cuyas vidas transcurrieron arrastradas por campos de concentración o en una casa convertida en cárcel, hasta que un día cambió todo y sus vidas y sus luchas fueron quedando en el olvido, pero soldadas a lo más profundo del alma y la memoria de este pueblo.

 

*(Esta crónica se ha publicado en el programa de fiestas de San Antonio de Padua de la Villa de Santa Brígida (Mayo-13 de Junio 2013)

 
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