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Un Talayero pregonará las Fiestas Patronales de Santa Brígida, el sábado 27 de julio PDF Imprimir E-Mail
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jueves, 18 de julio de 2013

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La reseña del pregonero... 

por sinforiano quintana 

Con un pantalón oscuro, camisa gris, el cachorro del padre calado hasta las orejas de soplillo, dos rayones negros trazados con carbón de hoguera bajo la nariz, una pipa en la boca, y no más de cinco o seis años, es la imagen en color sepia que retiene en la memoria de su primera Romería, Francisco Ramos Santana, —Paco Ramos, el hijo de Antoñito el Cocinero y Angelinita, la de Arbejales—. Tímido y callado, se recuerda escondido tras la falda de domingos y fiestas de guardar, que su madre lucía, mientras disfrutaba de las carretas que iban a ofrendar a la Santa Patrona Satauteña. Ha llovido mucho desde entonces, tanto, que aquel mocoso se ha convertido en uno de esos hijos del pueblo, de los que nos sentimos orgullosos cuando le vemos versear sobre un escenario, o disfrutar  de algunas de las obras teatrales que ha escrito, fieles reflejos del acervo de las tradiciones de nuestra gente. Incrédulo aún por el encargo del pregón para la fiesta más sentida del municipio, al tiempo que feliz y honrado por la confianza que esta osada Comisión de Fiestas ha depositado en él.

Paco Ramos, nació en mayo de 1968,  cuando las calles parisinas eran un hervidero de protestas estudiantiles y los Beatles estaban en plena efervescencia. Los primeros años de su vida, apenas si salió del entorno de la casa cueva en la que nació, en El Peñón de la Atalaya, más que para ir al médico que le curarse unas frecuentes fiebres que nadie acertaba a determinar el origen. Enfermizo, pero feliz en unos tiempos duros, en los que no echaba en falta la electricidad, porque no la conocía. “Recuerdo de ir al baño —por llamar de alguna forma al agujero donde hacíamos nuestras necesidades—, con una vela, con la que jugando, se me prendió fuego el pullover de lana que llevaba”. Fueron años de galletas con mantequilla, de jugar con barquitos en las acequias de riego, años de hacer patinaje sobre los polvos de talco, que a escondidas, echaba con su hermano en el suelo de cemento del patio o de ir con los ojos legañosos, escudilla en mano y un pizco de gofio,  al corral de las cabras donde la madre realizaba el ordeño y hacía el queso.

Tenía cinco años cuando se atrevieron a venir caminando desde el Peñón a Santa Brígida, con su hermano, a ver, intrigados, la casa nueva que alquilaba su familia en el Calvario ―la que está ahora ocupada por los Scouts―. Le resulta indescriptible lo que sintió cuando pulsó el interruptor con el que encendió por primera vez un bombillo en el techo. La familia se mudó al Casco y significó mucho más que alumbrarse con bombillos. Continuaba yendo un par de veces a la semana al Peñón a echarle de comer a los conejos y a los perros, especialmente los jueves, día de libranza del padre, mientras que se abría a la vida social en el pueblo. Empezó a ir a la escuela, con la maestra Tita, de baja estatura, morena y de pelo rizado, de la que se enamoró: “Fue mi primer amor —dice blandiendo las pestañas—. Fueron momentos de transición para el colegio y le tocó vivir la mudanza a los locales bajos de los flamantes edificios de Don Elías, mientras se demolía la vieja escuela para ceder el solar en el que resurgía el colegio Juan del Río a Ayala. Al filo de su primera década, empezó a echar un cabo de freganchín en el bar donde trabajaba su padre, en La Alcantarilla. Resultó que le gustaba aquello, y cada vez que podía, se metía detrás de la barra donde aprendió mucho de su padre, que era cocinero, y de toda la clientela que rondaba por allí, personajes del pueblo, muchos ya desaparecidos, como Juan Caña, Juanito el de la lotería, Dionisio el panadero, o Lilo el sepulturero. De las personas mayores se empapaba de viejas costumbre, de cuentos de antaño, de historias y leyendas de la Villa, que años más tarde volverían a recobrar vida en los personajes teatrales que manaban de su imaginación. Su primer contacto con las patronales fueron los juegos infantiles, y sigue considerándolos, junto con el cine de verano, la parte mágica de las fiestas del pueblo. “Hoy quizás no tanto, pero en mi niñez, cuando carecíamos de muchas cosas, darle un palo a una piñata y que te llovieran caramelos, regaliz, chicles Bazoca y un montón de pequeños juguetes, era el maná caído del cielo”. Su verdadero acercamiento a las fiestas de la Ofrenda Romería, fue cuando su padre cogió las primeras vacaciones y se integró en la carreta del Calvario. Dice que eran las fiestas de la generosidad, en las que todos los vecinos, casi competían por ver quién ofrecía mejores sardinas asadas y huevos duros. Siguieron las pandillas y con ellas La Peña de los Gamusinos, con la que montaron una carreta de tracción animal ―su propia fuerza humana—, con la que jalaban por el carro a pulso y lo plantaban sobre la plaza de la iglesia, ante la mismísima Santa Patrona. Luego surgió la Asociación Socio-cultural, El Repique: “En esa época conformamos un buen grupo de amigos en torno a las fiestas más entrañables ―dice, con regocijo―, que desde mi humilde opinión, marcamos un antes y un después en la organización de las Fiestas Patronales de Santa Brígida”. Durante más de media década, en la que este colectivo estuvo al frente de la organización de las Fiestas y abanderó la Colecta Popular con la que se renovaron las nuevas campanas de la centenaria y emblemática torre de la iglesia, Paco Ramos se convirtió en el artífice de unas inolvidables representaciones teatrales, con las que se rindieron homenaje a los viejos maestros del pueblo, a los trabajadores del desaparecido Cine de Santa Brígida, a los tenderos y tenderas de de aceite y vinagre, a los zapateros remendones y a los médicos y practicantes que durante tiempos difíciles y de miserias, hicieron de tripas corazón para cuidar de nuestra salud. Paco Ramos, señala que El Repique, fue para él un decisivo estimulo para escribir, y ciertamente debió de serlo, porque hoy maneja muy bien la palabra escrita, especialmente en forma de versos. Aquel chiquillo enclenque, temeroso y tímido, se le puede ver hoy día, envalentonado, verseando por muchos escenarios desperdigados por la geografía canaria, de la mano de repentistas de la talla de Yeray Rodríguez o Expedito Suárez o como letrista de agrupaciones folklóricas y parranderas, como la Parranda El Beletén o la Parranda el Perenquén. La noche del próximo sábado 27 de julio, Paco Ramos se subirá al escenario de su pueblo a recitarnos ―casi me atrevería a pronosticar―, un pregón repleto de nostalgia, de añoranzas y de recuerdos de nuestros personajes de antaño, de los que se empapó de vivencias cotidianas de las que forjan la historia sencilla de los pueblos. Image
 
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