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sábado, 24 de agosto de 2013

 

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Soy lo que me queda de su última mirada. Llevaba casi doce años viviendo en su casa. Me recogió en la calle. Apenas recuerdo nada antes de que él me acogiera. Sí me acuerdo vagamente del día que me trajo a su casa. Estaba desorientado en medio de una calle llena de tiendas y de coches. Mi madre llevaba varios días sin aparecer. Vi morir a tres de mis hermanos, también negros con manchas blancas como yo. Una señora mayor nos acercaba un plato con leche y galletas todas las noches, pero desde que no estaba mi madre el plato se lo zampaban unos gatos enormes que nos sacaban los dientes cuando intentábamos acercarnos. Desde que murieron mis hermanos, me moví hacia donde veía que caminaba la gente. Había personas que me miraban con cara de pena y noté cómo más de uno estuvo a punto de pararse. También había algunos que te espantaban o que hacían como que te iban a dar una patada. Los que parecía que se iban a parar se lo pensaban dos veces y al final seguían adelante mirando su reloj o llamando desde el teléfono móvil. Era un chucho callejero, pero no dejaba de tener el encanto que tienen todos los cachorros. Las niñas sí me estrujaban y se empeñaban en tratarme como si fuera una muñeca. También me traían galletas y pan, y me juraban que me iban a cuidar para siempre. Yo les creía y me veía a salvo. Pero nunca se quedaban después del anochecer, y ya al día siguiente no volvían a aparecer. Igual era que yo me movía de calle. Todas las calles me parecían siempre la misma calle, sobre todo por el día, cuando la gente y los coches amenazaban con arrollarte todo el tiempo. Él me recogió cuando unos guardias municipales me tenían acorralado para llevarme a la perrera. Yo lo había mirado a los ojos pidiéndole que me salvara porque estaba seguro de que no me esperaba nada bueno si lograban meterme en la jaula. De eso hace casi doce años, lo que para nosotros los perros se entiende que es toda una vida.

Él vivía solo en un gran apartamento en la zona de Las Canteras. Se le acababa de morir su perro y por lo visto mi mirada le recordó a la de Faycán, que es de quien heredé la correa y los cuencos para el agua y la comida. La primera noche me dijo que él era feo y neurótico, y que sabía que nunca iba a poder vivir con nadie. Faycán le había dado todo el cariño, la complicidad y la compañía que necesitaba, y me decía que esperaba que yo le diera lo mismo. Apenas entendía sus palabras. Me costó muchos meses de televisión, canciones y soliloquios entender el idioma en el que pienso ahora dentro de esta jaula. Fuimos muy felices. Cada día, al amanecer, sobre todo cuando estaba la marea vacía, me sacaba a caminar y a jugar por la playa de Las Canteras. Siempre estaba enviando cartas al ayuntamiento y a los periódicos para que por lo menos nos dejaran pasear por el paseo de la avenida. Ni siquiera con correa y bozal nos dejan asomarnos a la costa, aunque ya digo que él siempre buscaba las horas de la noche o las primeras del día para que yo pudiera disfrutar del mar. Fui muy feliz todo el tiempo que viví con él. Incluso estaba bien en la guardería cuando él se iba dos o tres semanas de vacaciones cada año. La primera vez me asusté y pensé que me quería abandonar, pero cuando comprobé que vino a buscarme ya me quedé tranquilo las otras veces. Justamente era ahí donde él quería que me llevaran si alguna vez le pasaba algo. Se lo tenía dicho a sus sobrinos y a sus amigos más cercanos, e incluso lo había repetido delante de mí más de una vez, sobre todo a sus sobrinos, que venían cada dos por tres a pedirle dinero y favores.

Mi dueño se llamaba Esteban y era abogado; por lo visto uno de los mejores abogados de la isla. Era manco del brazo izquierdo, medio bizco y bastante más bajo que el resto de los hombres que nos tropezábamos por la calle. Estaba todo el día leyendo libros, viendo películas en otro idioma que tampoco conocía al principio y escuchando música. Yo ahora echo de menos su música tanto como su voz. Levanto las orejas a ver si me llega la música de Bach o de Mozart que tanto me gustaba escuchar echado en la alfombra o mirando desde la terraza al cielo azul, cuando el cielo era casi siempre azul y luminoso. A Esteban también le encantaba ponerse a mirar el cielo durante horas. Me contaba historias inventadas o me leía poemas. A veces lloraba, pero decía que no estaba solo teniéndome a mí a su lado. Me miraba a los ojos y me pedía que no lo dejara nunca. Yo lo recibía entre saltos. Ahora, aun asumiendo que no lo volveré a ver, trato de buscarlo husmeando siempre el horizonte. Me hago daño pegando mi hocico a la valla para ver si soy capaz de reconocer algún rastro suyo. No quiero pensar que los olores que uno deja en la tierra se van para siempre. Algo quedará. Yo soy capaz de atisbar algunos de vez en cuando, o igual son los recuerdos los que me engañan, no lo sé.

Sus sobrinos incumplieron su deseo. Llegaron después del entierro medio borrachos y me metieron en el maletero oscuro de un coche. Iban cantando y diciendo que ya no tendrían que dar un palo al agua en toda su vida. Yo temblaba y gemía. Echaba de menos a Esteban y todavía soñaba que vendría a rescatarme como aquella vez cuando casi me cogen los policías municipales. No hubo milagro. Me sacaron del coche de noche y me tiraron por encima de la valla del albergue de perros abandonados de Bañaderos. Desde que caí apenas puedo moverme. Me dejaron dolorido y muerto de miedo. Hasta entonces yo confiaba ciegamente en la bondad de los humanos. Ahora no es que desconfíe. No tengo ni tiempo para pensar en esas cosas. Estoy desolado, triste y sin ganas de hacer nada. Un perro tan mayor, baldado y sin pedigrí ya no tiene ninguna posibilidad de supervivencia. Me consuela la felicidad de todos estos años, y sobre todo el recuerdo de Esteban. Los veterinarios intentan tratarme con ternura, pero somos muchos para que nos hagan caso a todos. Por lo menos no me insultan ni me tratan como los sobrinos. Todos nosotros sabemos que éstas son las jaulas de los perros que van a ser sacrificados. Somos más de veinte los que hoy pasaremos a mejor vida. Yo sólo espero que no me duela. Ellos creen que no nos enteramos de nada. No saben que somos capaces de oler la muerte, la nuestra y la de aquéllos que pasaron por aquí antes que nosotros. O igual esto no es más que un sueño. Es mentira que los perros no soñemos. Yo lo hago, y además me acuerdo de todo lo que veo mientras duermo. Esteban decía eso, que la vida a lo mejor no es más que algo que alguien va soñando, y que al despertar ese soñador él ya no sería tan feo ni yo un chucho sin pedigrí y sin futuro. A veces bebía y terminaba llorando y escuchando tangos hasta el amanecer. Entonces recuerdo que siempre decía que si éramos como éramos sería por algo, y que justamente por eso habíamos coincidido. Yo no sé qué sería mejor ahora mismo. Me da igual ser un sueño o ser real. Los sobrinos de Esteban eran reales. Unos tipos así no se sueñan, y si se sueñan uno se despierta cuanto antes para poder seguir sobreviviendo. Nos han puesto carne. Es de lata y está asquerosa, pero es todo un detalle. En medio se ven pequeñas pastillas que me imagino que serán para que nos vayamos quedando medio traspuestos. No estoy para dudar de nada, ni para rebelarme. Me lo comeré todo y dejaré que hagan su trabajo. Sólo me importa oler el recuerdo de Esteban, y también levanto las orejas todo lo que puedo para ver si reconozco su voz perdida entre los ecos que se quedan para siempre sonando en el planeta. Me dejo llevar. En el fondo he sido un perro con suerte. No quiero pensar en la vida que han llevado algunos de los que están aquí conmigo. Las pastillas apenas me dejan pensar. Estoy bien, relajado, fuera de la jaula. Hay una gran luz blanca que me ciega y que casi no me deja ver nada. Sólo veo la aguja de una jeringuilla como las que veía cada año cuando íbamos al veterinario a que me pusieran las vacunas. Entonces siempre me daban un poco de chocolate al salir. Por eso la muerte me está sabiendo a chocolate. Es todo lo que puedo contarles. Sólo confío en que Esteban esté al otro lado cuando despierte. Lo más probable es que, de una forma o de otra, volvamos a terminar encontrándonos en algún otro sueño. Mis papilas gustativas recuerdan la variedad de sabores de todos los chocolates que probé mientras estuve vivo y fui feliz. La muerte está siendo dulce.


 

Cada domingo del mes de agosto estoy publicando un relato en la edición de papel del periódico Canarias 7. Esta aventura literaria de verano concluirá el próximo domingo con Cristales rotos, una historia situada entre Arucas y Las Palmas de Gran Canaria. El pasado fin de semana publiqué el texto que hoy comparto con ustedes. Nació tras ver una fotografía que me envío en su momento el fotógrafo y amigo, Rafael Hierro. Quien me conoce sabe de mi amor a los perros, y sobre todo del papel que han jugado en mi vida Gilda y Fleko. Comparto este relato, titulado Chocolate, con todos ustedes.

 

Ciclotimias -Manual de contradicciones -por Santiago Gil

 

 

 

 
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