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domingo, 20 de octubre de 2013

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Pedro Socorro Santana

Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida


Apenas consumada la conquista de Gran Canaria, se repartieron tierras y aguas entre los conquistadores, y a uno de ellos, Pedro Guerra, se le adjudicaron parte de los llanos de Tasaute y la Vega Vieja (El Gamonal). El nuevo vecindario establecido en los antiguos cantones aborígenes, había crecido de tal forma a comienzos del siglo XVI que impulsó a que una nieta suya, Isabel Guerra, ya viuda de Juan de Sanlúcar, se concertara con el regidor de la Isla, Juan de Maluenda, un judío converso ligado al negocio azucarero, para construir en 1522 una pequeña ermita que se puso bajo la advocación de dos santas de lejana procedencia, Santa Brígida y Santa Lucía, dando así inicio a lo que hoy conocemos como nuestra villa.

Antes de fallecer doña Isabel hizo testamento ante Tomé de Solís el 5 de agosto de 1545, y en relación a la capellanía que fundó dispuso que anualmente habría de cantarse misa los días de las patronas Santa Brígida y Santa Lucía, a cuyo fin imponía tributo sobre el parral de arriba, de su propiedad, situado en la Vega Vieja.

En el inventario de 31 de marzo de 1556, según refiere el investigador Francisco Pérez Navarro, se detallan los ropajes que poseía la iglesia para vestir dichas imágenes. La moda que impuso este boato no impidió que se mantuvieran las tallas con decorosa policromía y a resguardo del polvo y las moscas. Así, en el inventario de 20 de marzo de 1558 se puntualiza que la primera era de azul y dorado, que la de Santa Lucía era dorada, y que ambas estaban en sendos tabernáculos pintados.

Con la instauración de la parroquia, en 1583, se procedió a la ampliación del templo y se renovaron las viejas imágenes. En efecto, en el inventario de 25 de febrero de 1601 figuraban en el altar mayor un Cristo grande y tres imágenes de bulto vestidas, de Santa Brígida, Santa Lucía y la Encarnación, todas nuevas. Y al mismo tiempo se indica que juntamente con la efigie de San Sebastián, en el altar de éste, se encontraban dos imágenes de bulto, Santa Brígida y Santa Lucía. La nueva talla de Santa Lucía fue encargada por el mayordomo Antonio Álvarez, quien el 19 de mayo de 1596 declaraba que la imagen era chiquita, que había sido pagada con bienes de la iglesia y que, a la sazón, se encontraba aún en la ciudad.

La compatrona Santa Lucía

O sea, que por mucho que a San Antonio de Padua se le hagan lucidas fiestas, cada 13 de junio, la patrona de la Villa es Santa Brígida y la verdadera compatrona, Santa Lucía, que aún hoy no ha perdido su protagonismo en el templo, pues la patrona de los ciegos comparte escenario en el Altar Mayor con la titular de la parroquia. La imagen actual de Santa Lucía fue donada en 1928 por la vecina Lucía Teresa Morales Navarro, en memoria de su tío, el cura párroco Juan Navarro Estupiñán, artífice de la reconstrucción del templo incendiado en la noche del 21 de octubre de 1897. La anterior efigie fue pasto de las llamas en el grave incendio que destruyó la antigua iglesia. Natural de Ingenio, don Juan falleció en 1928 en la casa parroquial y era hermano de otro sacerdote llamado Francisco, anterior párroco testigo y testigo del incendio, y de la abuela paterna del insigne historiador satauteño Francisco Morales Padrón.

Debemos consignar que la actual efigie de Santa Brígida, obra del artesano catalán Sebastián Senabra, llegó a la parroquia en 1907 y sustituyó a la anterior talla de madera, debida a las manos del escultor palmero Lorenzo de Campos, perdida también en el mencionado incendio. Un año después se trajo la nueva imagen, de candelero, de Nuestra Señora del Rosario y que obedece también al cincel del escultor catalán.

Y aquí subyace un dilema: ¿Cuál Santa Brígida? Pues en el santoral cristiano hay hasta cuatro santas con ese mismo nombre. Quienes reconocemos en la santa irlandesa a la patrona de la Villa debemos tener en cuenta que la festividad se celebraba antiguamente el día primero de febrero, por lo que la efigie que preside el templo satauteño alude a Brígida de Irlanda y no a la santa sueca del mismo nombre. Aparte de la relación con el ganado de la santa irlandesa, tan importante en un pueblo agrícola y ganadero como La Vega del siglo XVI, varios documentos hallados en el Archivo Parroquial nos proporciona una valiosa información sobre la verdadera advocación mariana que dio patronazgo a la Villa. Uno de ellos es una partida de bautismo de febrero de 1606 en la que se hace mención a la festividad de Santa Brígida en febrero, fecha también conectada con las labores agrícolas de la siembra en primavera, cuando empiezan a disminuir los rigores del invierno y los días son ya claramente más largos.

Otro documento, más tardío, del 10 de enero de 1832, nos da cuenta del traslado de la fiesta de la santa del 1º de febrero (festividad de Santa Brígida irlandesa) al primer domingo de septiembre de 1832, a petición de Miguel Antonio Peñate Monzón, síndico personero de Santa Brígida, que actuaba en nombre del Ayuntamiento.

Por si fuera poco, en el último inventario conocido antes de incendiarse la iglesia, que data de 1874, reformado en 1880 por el cura párroco galdense y mayordomo de fábrica, Ignacio Mederos y Oliva (1841-1902), nos habla de tres vestidos de la imagen de la patrona (prueba de que entonces era de candelero): «uno morado y otro blanco con ramos de oro en buen estado y otro blanco de seda viejo para el diario», el mismo color de la túnica con la que se representa a la virgen de Kildare, citándose también entre las joyas dos flores de azucenas.

Santa Brígida de Kildare (Saint Brigid de Irlanda), nació en Ulster hacia el año 451 ó 454 y murió en el año 525, con casi 75 años de edad. Durante su juventud rechazó buenas ofertas de matrimonio y recibió el velo monjil de St. Macaael. Fue abadesa, y viste túnica blanca y velo negro, portando un cirio en la mano. Sobre su cabeza luce una llama, y a sus pies se ve una vaca. También se le representa con zurrón y sombrero de peregrina. Sus restos fueron hallados con los de San Patricio y los de Santa Columba en Down-Patrick en 1185, siendo llevados a la Catedral de esta ciudad. Su monumento fue destruido durante el reinado de Enrique VIII guardándose la cabeza, desde 1587, en la iglesia de los jesuitas en Lumiar (Lisboa). La festividad suya era celebrada el 1º de febrero, día en que murió. Según las antiguas biografías, esta santa irlandesa protege especialmente a los rebaños de ovejas, al ganado y a las cosechas. Tal patrocinio le viene porque trabajaba cuidando vacas que ella misma ordeñaba y daba unas cantidades extraordinarias de leche, lo que le permitía confeccionar mantequilla, que repartía entre los pobres.

La Virgen del Rosario

Pasó el tiempo y nuevas devociones se abrieron paso en la parroquia de Santa Brígida, testimonio de los caminos inescrutables que sigue la fe. Tal fue el caso de Nuestra Señora del Rosario, cuya imagen fue adquirida en 1583 por la vecina Úrsula de Troya. Su cofradía fue promovida poco después bajo el amparo de los frailes dominicos que ejercían de capellanes en la parroquia a fines del siglo XVI. Fue autorizada por el licenciado Diego del Águila, provisor, comenzando su cometido el domingo 3 de enero de 1588. Y el 4 de noviembre de 1590 la confirmó el provincial de Santo Domingo, por licencia del generalísimo de la citada Orden, una vez informado de la existencia de un altar de dicha advocación en la iglesia parroquial.

Su devoción popular se incrementó tras el ataque a Gran Canaria de la poderosa armada holandesa comandada por el almirante Pieter Van der Does e integrada por una interminable fila de 73 enormes galeones y doce mil hombres. Se trata de la mayor escuadra enemiga que ha surcado las aguas canarias en toda su historia. Dicen las crónicas que estando empeñada la lucha en el bosque del Lentiscal aquel sábado 3 de julio de 1599, en la capilla de una casa de El Galeón, que aún hoy existe, oraba una monja del convento de San Bernardo, de la ciudad, muerta más tarde en olor de santidad, ante un cuadro del Ecce Hommo, éste le hablo infundiéndole valor y prometiéndole que los invasores serían vencidos por la intercesión del Santísimo Rosario, y que sólo cuando las mujeres del lugar irrumpieron en la parroquia, clamando la protección de aquella advocación y se pusieron a rezar el Rosario, los soldados holandeses pudieron ser derrotados.

Por ello, desde la desordenada retirada del ejército holandés esa misma noche, a la mañana la moral del pueblo quedó tan alta que a la mañana siguiente sacó en procesión a la Virgen del Rosario en acción de gracias por la victoria obtenida. Muchos feligreses se afiliaron a dicha cofradía y el regidor Guillén de Ayala, dueño de una hacienda en Tasautejo donde se estableció la Audiencia, se encargó de costear la fiesta, con procesión y sermón, bajo el nombre de La Naval, el mismo día en que lo hace el Puerto en honor de Nuestra Señora de La Luz, y en unos momentos en los que la emoción, la pasión y los sentimientos de los creyentes prevalecían sobre la pura razón.

Aquella batalla pasó a ser gesta gloriosa de los grancanarios, como reza el lema del escudo heráldico de Santa Brígida: «Por España y por la Fe vencimos al holandés». Un blasón municipal lleva también orlado con el santo Rosario, en oro, cuya cruz viene a caer por debajo de la punta, lo cual significa que la victoria se logró por la protección de Nuestra Señora del Rosario. Ya en el siglo XVII, el capitán Francisco Hernández de Medina, natural del pueblo de San Lorenzo, y su esposa María Díaz del Río, pilonga de este lugar, instituyeron un patronato de legos o memoria de misas con las numerosas propiedades de ambos, con la obligación de sostener los gastos de las fiestas del Rosario con el mayor esplendor. En sus disposiciones testamentarias la nombran la Fiesta de La Naval. A partir de entonces estas fiestas alcanzaron mayor esplendor y otros devotos vecinos dieron lo mejor de sus bienes para el sostenimiento de las fiestas. Pero el paso de los años, la mayoría de las veces, borra todo lo escrito en los protocolos y ya no se celebran las lucidas fiestas de La Naval en la Villa, como deseaban el mencionado militar y su esposa, pues éstas desaparecieron en la década de 1970.

Para terminar, y volviendo sobre el tema de las patronas, es interesante la memoria de testamento de otro clérigo, también pilongo de este lugar, José Rivero de Vega, suscrita en primero de junio de 1754, cuyo testimonio autorizado se encuentra protocolizado en el libro correspondiente de la parroquia. Al folio 77 de éste se lee: «Ítem declaro que mi heredero dore las peanas de Sta. Brígida y Sta. Lucía, patronas de este lugar, con la mayor decencia que se pudiere y brevedad». A la vista de los precedentes apuntes históricos se comprende con claridad el fundamento de algunas de las devociones de este pueblo.

 
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