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lunes, 16 de junio de 2014

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PREGÓN EN HONOR A LAS FIESTAS DE

SAN ANTONIO DE PADUA 2014

 

         Señora Alcaldesa, Señoras y Señores, miembros de la Corporación, amigos, amigas, vecinas y vecinos de la Villa de Santa Brígida. Antes de comenzar este pregón, quiero expresar mi agradecimiento a la Sra. Alcaldesa, Sr. Concejal de Festejos y Grupo de Gobierno de nuestro Ayuntamiento por el reconocimiento que se me hace al considerarme pregonero de nuestras fiestas en honor a San Antonio de Padua.

         Todo un honor para mí, que pienso no tener mérito alguno para ello. Quizás... quizás, algún derecho por ser vecino de este municipio y haber trabajado como empleado público más de la mitad de mi vida al servicio de la sociedad.

         Al principio me atrajo este ofrecimiento y le manifesté a la Sra. Alcaldesa que me hacía una gran ilusión. Pregonar las fiestas en honor a San Antonio de Padua ¡no está nada mal!, pero luego, señores, es cuando uno se pone ante el folio en blanco y lo primero que se me viene a la cabeza es: quién me mandaría a mí a meterme en este fregao.

         Además, ¿Qué les voy a contar a uds. que ya no se haya dicho sobre esta celebración?, pero es de obligado cumplimiento reiterar algo de lo que ya se ha comentado. Intentaré ser lo más breve que pueda, pero comprenderán, que hay cosas que no se pueden olvidar; esperemos que sea capaz de hacerles pasar un rato ameno y entretenido. Empecemos la historia.

         Una vez desembarcadas las tropas castellanas en Gran Canaria al mando del capitán Juan Rejón comienzan las correrías hacia el interior de la isla por los territorios de Telde, Tasaute y Tamaraceite, robando ganados, aprisionando e incluso dando muerte a los pastores indígenas. En estas circunstancias se comenta que el capitán jerezano Pedro de Vera, determinó que tres monjes dominicos (fray Martín Cañas, fray Juan de Lebrija y Fray Diego de Villavicencio) se trasladaran al bosque de lentiscos, donde existían unas cuevas junto a un escarpado risco, pues allí se refugiaban un grupo de aborígenes insumisos. Trataban de reducir a la obediencia y a la fe cristiana a aquellos últimos héroes de la resistencia isleña. Fue así como dos de los tres monjes penetraron en el bosque, sin más armas que sus rosarios al cinto y la Cruz.

         Desde lo alto del escarpado risco, ojos indígenas observaban a los expedicionarios recién llegados. Una vez en el estrecho desfiladero, aquellos monjes comenzaron a exhortar a los indígenas, rogándoles en el nombre de Dios que dejaran las armas y se entregaran. Los canarios, sin embargo, no aceptaron rendirse y decidieron convertir a los misioneros en reos de muerte. Así que los monjes fueron llevados al borde del precipicio y arrojados al fondo del barranco cuyas aguas lavaron la sangre de estos mártires. Desde entonces el lugar se ha conocido por las Cuevas de los Frailes.

         La investigación del pasado prehispánico de Gran Canaria se ayuda tanto de la arqueología como de las fuentes documentales escritas que se generaron en momentos justamente posteriores a la incorporación de Canarias a la Corona de Castilla. Así, sobre lo que hoy en día es el término municipal de Santa Brígida, se hace referencia fundamentalmente, al barranco del Guiniguada, a su riqueza natural y a los primeros contactos con sus habitantes y los europeos.

         Concluida la conquista, este lugar fue muy apetecible por los conquistadores y repobladores, pues a la feracidad de sus tierras había que unir sus aguas, tanto las que discurrían por los barrancos y barranquillos como  los que manaban de sus fuentes, en especial la llamada de los Chorros. Precisamente, por la utilidad y el uso de éstas, sus herederos mantuvieron un conflicto continuo con las autoridades de la ciudad, llevando sus quejas hasta la Corona. También las aguas de Tasautejo, como las llamadas del río del Gamonal, enfrentaron a distintos vecinos, hasta el punto de llevar sus pleitos hasta la Audiencia de Granada, como sucedió con el licenciado Fernando Aguayo y Juan de Ariñez por una azada del citado río.

         El lugar conocido como Tasaute, aquel pueblo que surgió del bosque, como tituló en su guía sentimental de Santa Brígida el cronista oficial de la Villa Pedro Socorro Santana, fue poblándose. De acuerdo con las referencias que aparecen en las crónicas, este lugar se llamó más tarde La Vega, que incluía La Vega de Abajo, parte baja del municipio y casco urbano, La Vega de Enmedio, a partir del puente de las monjas y hasta el límite con San Mateo y, finalmente, La Vega de Arriba, que es lo que hoy es el municipio de San Mateo. Como sabrán, la Vega de Arriba se separó de La Vega, en 1801, gracias a las gestiones del obispo canario Manuel Verdugo.

         Cuentan las viejas crónicas que Santa Brígida fue siempre un sitio piropeado por sus buenos aires y que, andando en el tiempo, se  llenaría de viñas, arboledas, heredades y buenas huertas. Por tal motivo entró de lleno en la historia de Gran Canaria, al ser una zona fértil. Avanzando en la historia, en pleno siglo XVI, no podemos olvidar la famosa Batalla del Batán o del Lentiscal, el almirante holandés Pieter Van der Does, ataca al Real de Las Palmas con doce mil hombres a bordo de setenta y cuatro barcos.

         El capitán Ciprián de Torres, que mandaba la compañía de milicianos de este lugar, atacó a Van der Does durante el desembarco, al que hirió con una lanza. Sin embargo, el heroico vecino perdió la vida en ello.

         El 27 de junio de 1599, el capitán general Alonso Alvarado fue herido de muerte y trasladado con urgencia a la casa del alcalde real  Andrés de la Nuez, en pleno palmeral de Satautejo.

         El día 3 de julio, desde el Cerrillo del Batán (donde hoy está la curva los patos), el lugarteniente Antonio Pamochamoso, manda a soldados, milicianos y naturales del lugar y logra derrotar a los holandeses y expulsarlos por el mar. Antes, los holandeses saquearon e incendiaron las principales casas de la ciudad,  llevándose consigo un botín de ciento cincuenta pipas de vino, veinte cajas de azúcar, el reloj y las campanas de la Catedral y los archivos documentales.

         Hay un hecho que quiero destacar porque nuestro pueblo fue protagonista. Durante aquella batalla las monjas bernardas de la ciudad vinieron a refugiarse en la hacienda del Galeón y de una de ellas, sor Ana de Sopranis, se cuenta que al rezar ante el cuadro de Ecce Homo oyó la voz de Jesús que le prometía el triunfo de los campesinos. Entretanto, las mujeres de esta Villa se congregaron en la Iglesia a rezar el rosario y pedir a la Virgen que alejara el peligro de las naves extranjeras. De todo ello queda reflejo en el escudo heráldico de la Villa, que lleva la leyenda:

¡POR ESPAÑA Y POR LA FE VENCIMOS AL HOLANDES!

 

         La Virgen del Rosario gozó a partir de entonces de gran devoción popular, aunque el patronazgo del pueblo pertenece, no obstante a la imagen de Santa Brígida desde la construcción de la primera ermita.

         Avanzamos ahora recordando los topónimos que dan nombre a los barrios y pagos de la Villa así como algunas personas que son dignas de recordar: La Atalaya, barrio troglodita. El Monte Lentiscal, pago vinatero y con fama, que el gran dramaturgo inglés Williams Shakespeare alardeaba de  la  calidad de sus vinos cuando dijo: el de Canarias es un vino maravillosamente suave y penetrante que perfuma la sangre. La Vega de Enmedio, huerta agrícola y bosque de madroños. La Angostura, las huellas aborígenes, las tejas y los naranjos. Gamonal Alto y Bajo (antigua Vega Vieja cuya dueña, Isabel Guerra, fue la fundadora de la primera ermita.

         Pino Santo Alto y Bajo, pago rural y atajo de peregrinación para  ver a la Virgen del Pino. San José de la Vegas, sitio de recreo del historiador y naturalista Viera y Clavijo, quien  trasladó a la Vega un soneto que empieza así:

Ved aquí un paraíso sin serpiente

Donde no hay fruta al gusto prohibida,

donde todo árbol  es árbol de vida,

su Adán agricultor, su Eva inocente.

 

         La Vega de Abajo, el casco de la Villa, su Iglesia, sus edificios más emblemáticos, sus gentes ilustres....como Don Francisco Morales Padrón, historiador e hijo predilecto.

-                     Don Gonzalo Medina Ramos, empresario e hijo predilecto

-                     Don Antonio Medina Calderín, Director de la Banda Municipal e hijo predilecto.

         Como hijos adoptivos podemos recordar a:

-                     Don Pedro Lezcano, poeta

-                     Doña Lola Massieu Verdugo, pintora

-                     Don Baudilio Miró Mainou, pintor

-                     Fernando León Boissier, campeón olímpico

-                     Don José Manuel Illera de la Mora, maestro de escuela

-                     Don Jacobo González Velázquez, maestro industrial

         También merecen un recuerdo:

         Don Isidro Ezquerra y Corrigüela, primer médico titular de Santa Brígida.

         Don Ricardito Sosa, el viejo bodeguero

         Don Jorge Peñate Sanjuán, el político talayero  sinigual. 

         Don José Alemán Hernández o Pepito Calabazas, artesano y constructor de instrumentos musicales.

         Don José Hernández Hoyos, herrero de Lugarejos.

         Don Pedro Suárez Pérez, conocido por Perico Arico, futbolista que jugó una fase final en un campeonato del mundo en Uruguay.

         Don José Gutiérrez Cabrera o Pepe el tirajanero, cestero de caña, palma y mimbre.

         Don Juan Déniz Marrero, jaulero de cañas.

         Don Nicolás Massieu y Matos, pintor.

         Y, por supuestos, otros vecinos y vecinas que llenarían con sus nombres estos folios.

         Entremos ahora de lleno en las fiestas y comentemos algo de nuestro Santo.

         SAN ANTONIO DE PADUA se llamaba Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo, nombre que cambió por el de Antonio al ingresar en la orden de Frailes menores. El papa León XIII lo llamó “el Santo de todo el mundo”, porque su imagen y devoción se encuentra en todas partes. Fue defensor de la verdad, patrón de la mujeres estériles, de los pobres (de ahí la tradición del pan de San Antonio), de los viajeros, albañiles, panaderos y papeleros. Se le invoca por los objetos perdidos y, sobre todo, para pedir por un buen novio o novia.

         La imagen del santo que se conserva en la parroquia es una hermosa talla que fue donada al pueblo en 1751 por el presbítero Blas Marrero Bethencourt. La escultura se salvó de las llamas del incendio que sufrió la Iglesia.

         Desde antiguo, las fiestas más importantes del pueblo eran las de San Antonio de Padua y las de Santa Brígida. Ambos festejos se adaptaron perfectamente al modelo de fiesta tradicional hasta mediados del siglo XX. Con el cambio social también cambió la forma de celebrarse. A pesar de algunos periodos de decadencia, las Fiestas de San Antonio han logrado sobrevivir aglutinada alrededor de Florabrígida, una exposición de plantas, flores y pájaros que hoy cumple 40 años.  

         Voy a relatar como recuerdo esta fiesta de los años sesenta. Casi finalizada la primavera, a los chiquillos se nos iba metiendo la jiribilla en el cuerpo esperando el ansiado día, que anunciaba maestro Pablo el zapatero, don Pablo Barrera Guerra, con sus globos de papel que lanzaba al aire en la plaza de la Iglesia. Un personaje popular que fue protagonista de alegres anécdotas como aquella ocurrida cuando uno de sus clientes, cansado de esperar  por el arreglo de sus zapatos, le preguntó: ¿maestro Pablo ya arregló mis zapatos? Y maestro Pablo sonrió, socarrón, y le contestó: ¡En ellos ando!, sin que el vecino se percatase que los llevaba puestos.

         Otro de los pregoneros de las fiestas era Pepe Cañadulce, que venía de la ciudad en el pirata o coche de hora y voceaba, tocando el tambor y anunciando el comienzo de las fiestas. Para entonces, no existían ordenadores, ni fax, ni teléfonos móviles, ni otros tantos artilugios de comunicación que hoy existen, pero gracias a sus toques a rebato los chiquillos nos reuníamos en torno a su figura, dando saltos y brincos de alegría.

         La víspera de la fiesta comenzaba con un concierto de la Banda dirigida por Ñito Calderín y a continuación la popular verbena. Allí podían verse a las madres que venían con sus hijas a ver si podían hallarles novios, puesto que San Antonio tenía fama de casamentero. Venían de toda la geografía isleña porque Santa Brígida contaba con una buena cantera de novias, de mujeres guapas. 

         A la mañana siguiente, el 13 de junio, tras la diana floreada comenzaba la feria de ganado. Los hombres lucían bien pertrechados con sus camisas planchadas y almidonadas y con el característico olor a floid y a fijador, sin olvidarnos del peine de púas en el bolsillo, aparte del sombrero nuevo. No perdían el tiempo, qué va, se dedicaban a tratar las reses, todo ello acompañado de unos buenos pizcos de ron o  coñac y sus respectivas tapitas.

         Luego daba comienzo la solemne función religiosa, con la procesión acompañada de la Banda. Las mujeres asistían a misa con el velo. Una vez allí, aprovechaban la fiesta para enterarse de las noticias de la villa. Por la tarde la tradicional carrera de caballos con grandes y suculentas apuestas y la participación de los mejores corceles de la isla. Más tarde, la gran luchada canaria, con la participación de los mejores equipos. La fiesta finalizaba con paseo con música.

         En aquel tiempo nuestras familias se permitían el lujo de comprarnos un baya-baya. Saboreábamos el preciado refresco que era un lujo, ya que el resto del año, salvo raras excepciones, se bebía agüita de la talla, y bien buena que estaba. También nos encantaba a los chiquillos disparar unos tiros con las escopetas de balines para obtener unos caramelos, siempre y cuando rompiéramos los palillos.

         La gente llegaba al pueblo desandando el camino con alpargatas, que guardábamos en algún lugar y nos poníamos  los zapatos de los domingos y festivos.

         ¡Qué tiempos aquellos! Como pregonero pediría a los señores gobernantes que conserven estas fiestas y sus actos tradicionales: la feria de ganado, las carreras de caballos, la lucha canaria, los encuentros folclóricos y otros actos culturales y deportivos, abanderados por Florabrígida. Y tener, como se hacía antes, un recuerdo para los mayores y enfermos que llegaban al pueblo en los taxis y descapotables.

         Y ya vamos terminando. Me gustaría dar un agradecimiento especial a los voluntarios de Protección Civil, que se desviven por colaborar en todas las fiestas y espectáculos de forma voluntaria y altruista. Y pido disculpas por mi largo recorrido en el tiempo. Sé que esto no es un libro de historia, pero admito que muchas cosas se me han quedado en el tintero. De todos modos, señores y señoras, felicitémonos de estar aquí hoy en paz y en sana armonía.

         Disfrutemos todos de las fiestas y quería despedirme de ustedes con un poema inspirado en el gran Antonio Machado. 

         Mi infancia son recuerdos de mis amigos y mis andanzas por las fincas de mi vega, mi familia, mis estudios y mi casa solariega: mi juventud, muchos años en terruños de las Vegas. Un poco en la ciudad y otro poco fuera. Mi historia son muchas cosas que recordar y otras que no quisiera….

         Que toquen las parrandas, las rondallas y la banda municipal. Que canten los cantadores, que bailen los bailadores, que repiquen las campanas y exploten los voladores.

¡FELICES FIESTAS!

 

GRACIAS Y BUENAS NOCHES

 

Villa de Santa Brígida a 6 de junio de 2014

 

Fdo. Tomás Santana Bruno

 

 
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