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Rubén Auyanet: La terapia que parió a un alfarero PDF Imprimir E-Mail
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domingo, 31 de agosto de 2014

ImageSinfo Q.S.   A la entrada del pueblo de Santa Brígida, frente a la farola, en la calle Calvo Sotelo 41, lleva varios meses abierta una tiendita muy particular, que vende bernegales, tayas, ollas, tostadores, cazuelas, jarrones…  Todas son obras de Rubén Auyanet, un artesano ya veterano que se nutrió de las fuentes originales de la tradición talayera, con maestros como Gustavo Rivero y María Guerra, “la quemá”. Ofrece desde pequeñas obras de suvenir por las que se pirran los turistas, a un euro, hasta toda una gama de trabajos que reproducen fielmente la loza y utensilios que durante siglos, las alfareras del troglodita barrio de la Atalaya, fabricaban para los menesteres de los hogares de toda Gran Canaria y parte del extranjero.

El gusanillo de jugar con el barro y recrearse viendo crecer la loza, churro tras churro, le entró hace unos veinte años, en un taller que daba Gustavo Rivero en el Centro de Discapacitados de Santa Brígida. Rubén padeció, en esa época, una grave enfermedad que le mermó seriamente sus facultades de movilidad y le costó más de tres años restablecerse. Aquel gusanillo, aquel gusto que le cogió a manosear el barro con uno de los alumnos aventajados de “Panchito”, le ayudó tremendamente como terapia de rehabilitación. “Me ayudaba a relajarme, a recuperar la sensibilidad en los dedos y a recuperar la psicomotricidad fina”. Afortunadamente con paciencia y el tiempo, no solo recuperó sus facultades, sino que trabajando junto a María Guerra, se convirtió en un buen artesano y conocedor de las técnicas y tradiciones de La Atalaya, donde estuvo varios años impartiendo talleres en el Centro Locero de La Atlaya y trabajando por su cuenta en la cueva-alfar de la legendaria Antoñita Ramos, “Antoñita, La Rubia”. También trabajó con Domingo Díaz, otro artesano y artista que hoy anda por Fuerteventura. Todo un proceso de formación y de trabajo en el que también estuvo algo más de un año en museo etnográfico Cho Zacarías, en la Vega de San Mateo, mostrando en vivo cómo trabajaban desde tiempos prehispánicos, las alfareras de la Atalaya, “porque eminentemente era un trabajo que realizaban las mujeres que transmitían sus conocimientos de madres a hijas”.

 

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A su tienda le puso el nombre de “Arena y Mazapé” que es el tipo de barro que buscan para elaborar la loza. “Es ese barro que cuando llueve, se encharca y mantiene el agua hasta que se evapora y una vez seco se cuartea todo”. Ese es el buen barro para la elaboración de la loza y actualmente se nutre de una veta que localizó en un solar en la zona del ensanche del Casco. Cada cierto tiempo, va a por barro, lo trae a la trastienda donde lo desmenuza, lo muele, lo cierne y lo mezcla con la arena para dejarlo listo para preparar los churros con los que luego levanta la loza.  Guisa una vez al mes en un horno de doble cámara de Sardina del Sur, propiedad del alfarero Santaluceño, Pepe Caballero. “No uso los de la Atalaya, porque no puedo exponerme al fuego directo ni al humo que conlleva el horno de una sola cámara”.

Los años de experiencia, lo han convertido también en un maestro y todo su aprendizaje lo transmite a gente que se lo pide en unos talleres que desarrolla frecuentemente. Ya lleva años con el reconocimiento de la FEDAC, la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria, que le permite participar en Ferias. También tiene una buena cartera de clientes, que con los años, repiten y vuelven a por encargos. Recuerda el que le hizo una familia coreana que vive en el Monte, de una mesa que consistía en dos tinajas grandes, como las que se usaban para conservar aceitunas, sobre la que se colocó un grueso cristal trasparente. Abre los lunes, miércoles y viernes, por las mañana y tardes, los martes y jueves solo por la tarde y los domingos solo por la mañanas.

 
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