BAILE DE CUERDAS
domingo, 29 de enero de 2012
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S.Q.  Al llegar me tropecé en la puerta con un pequeño rebotallo y algún que otro pinpollo que discutía subido de tono por entrar primero a la pequeña sala de aquella casa apartada. Pese al bullicio, se distinguía claramente la música que salía desde el interior, creo que era un foxtrot  con un ritmo suave y cadencioso que invitaba al baile, saboreando el perfume de una dulce dama.

—Aquí no pasan más que los que yo diga –sentenciaba el señor mayor que hacía de filtro a la entrada­­–. Solo permito que bailen cuatro parejas a un tiempo y no voy a dejar que nadie me avasalle y se cuele, porque lo cojo por el cuello y lo pongo de patitas allá fuera en el camino.

El hombre corpulento y con un vozarrón ronco y nítido al mismo tiempo, que emitía por una boca bien armada en dentadura y bajo un espeso mostacho tirando del gris al blanco, era el mandador del baile y se hacía respetar.

—Es que llevo aquí más de un cuarto de hora –le acusaba un muchacho medio enclenque, con camisa blanca bajo una chaqueta de estameña,  dos tallas más de la que le correspondía–, y ha dejado usted pasar a dos individuos antes que a mí.

Aproveché el despiste del entuerto para escabullirme y entrar en lo que parecía ser el salón de la vivienda. En dos de las paredes se veían sentadas a dos generaciones de mujeres; las mayores con caras de policía y las más jóvenes miraban más escrutadoras, con un brillo en los ojos que te llamaba a su lado a pedirles que las sacaras al centro de la pista. En la esquina que formaba la pared del fondo con la de la puerta por la que entré, estaban los tocadores que reflejaban en sus rostros el goce y el orgullo que transmitían luego desde sus cuerdas. Sonrientes, se hablaban con las miradas y se divertían con lo que estaba provocando aquel ritmo parrandero que espabila al más pintado. Su destreza, erróneamente llevaba a pensar que jugaban, cuando en realidad eran unos profesionales disfrutando con su trabajo. Sonaba la isa del Perenquén mientras hacían soñar, no solo a las parejas que bailaban, sino a la propia policía con tener una casa en el campo, donde esos hermosos lagartos se empiezan a asomar entre las viejas y gruesas paredes de piedra seca. Una casita con su patio, su parra y su tierra mientras que en los techos a dos aguas de tejas artesanales, se asomaban los perenquenes atraídos por la tertulia de los grillos y el timple.

El que tocaba la guitarra, de pie, parecía que acariciara la cintura de avispa de una guapa señorita, respondiendo con sus tonos bajos al grupo de púas más agudas, capaces de un sonido sublime que entraba por los oídos, como el vino del monte por el gaznate de quienes se escoraban en la barra improvisada que atendía un hombretón cubierto de cachorro y con el naife a la vista, por fuera de la faja negra que contenía una barriga acostumbrada a las raleas de gofio y queso. Detrás, destacando no solo por la altura y su cachorro marrón, cantaba el solista pidiéndole a la luna que se rindiera cada noche a sus pies, bajo los sarmientos de la parra  en su casita en el campo.

—¿Me concede este baile, señorita? –pregunté educadamente a una morena de ojos grandes bajo la sombra de sus largas pestañas seductoras.

—¡Que hocico tienes…  –saltó la madre que me escaneó desde la cabeza a los pies en menos de lo que canta un gallo–. ¡Jesús!  Que fino nos ha salido el niño.  

—Por supuesto que sí –interrumpió la hija que no me había quitado la vista de encima, desde que entré por la puerta–. Pero, cuando toquen el tango, por favor. Esa bella pieza que salió de los suburbios para subir hasta el cielo, me encanta.

Me dejó planchado. La soltura de aquella chica me robó el corazón de inmediato, en medio de aquel baile de cuerdas donde la Parranda del Perenquén nos puso la banda sonora de nuestro enamoramiento, preámbulo de una vida de amor y felicidad en nuestra casita de campo, bajo la luz de la luna y el permanente acompañamiento del pequeño lagarto casi transparente de ojos grandes y anchos dedos, que durante las noches emiten suaves susurros mientras se desplazan por las paredes y techos de las habitaciones.