PREGÓN DE LAS FIESTAS EN HONOR A SANTA BRÍGIDA 2013
domingo, 28 de julio de 2013

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Paco Ramos Santana 

Buenas noches: válgame este sencillo saludo para darles la bienvenida a todos por igual, tasauteños o no, a este nuestro  parque municipal en el inicio de las fiestas en honor a nuestra patrona Santa Brígida.

Acostumbrado en los últimos años a hilvanar palabras, y a hacerme  pequeñas mantas de versos con los que arropar mis pensamientos, he de reconocer que me ha costado mucho deshilachar las primeras hebras con las que ir tejiendo, si me lo permiten, este pregón, que no pretende ser más que una humilde trapera de recuerdos con la que poner calidez a los fríos tiempos que corren.

Recuerdos que, al hablar de las Fiestas en Honor a Santa Brígida, se convierten, salidos del corazón de quien les habla, en un cariñoso homenaje al pasado más cercano, pero también a aquellos tiempos de la infancia, y a todas las personas que humildemente dejaron su semilla en la memoria de las fiestas, y en el corazón de todos nosotros. Quisiera pedir, para todos esos tasauteños celestiales, el primero y más fuerte de sus aplausos.    

Se me hace necesario hablarles de mis orígenes y de cómo llegué a sentir, imagino que como muchos de ustedes, tanto amor por este pueblo como pasión por esta fiesta.

Por hablar de mí, diré que nací allá por 1968, y, como todos los niños de aquella época, tremendamente  ignorante. Lo vine a hacer en una cueva de El Peñón, en la zona del bajo risco, en la Atalaya. Grabados quedaron en mi retina muchos detalles de aquellos  mis primeros años; tiempos de palmatoria y quinqué contra lo oscuro, de agua de talla y culantrillo destilada al ritmo del sol; de limpieza de acequias para llenar el aljibe, previo pago de mi padre a Pepito el del agua; del baño semanal en palangana de latón, en rigurosa fila por orden descendente. Tiempo de retrete de cemento y pozo negro, del jabón “Surf” y sus estrellas, o del jabón “Lagarto” en la pileta, donde mi madre se pegaba a diario con pañales y telas; y tiempo de sutiles noches de transistor y de “La ronda”, con la que mi madre aguardaba a mi padre y nosotros al sueño, bajo la temblorosa luz del quinqué…  Y así, rodeado de tierra, sol, animales y pocos vecinos y familiares, no más de veinte en doscientos metros a la redonda, pasaron mis primeros años; eso sí, y aunque parezca mentira, entre muchísimas anécdotas que aun recuerdo y que podría contar… pero no lo haré porque sé que tengo que terminar el pregón antes de que empiece la romería.

Mi Madre, Angelina Santana Rodríguez, creadora y salvadora de  mi vida, me parió con la ayuda de Elenita la partera, para ser el cuarto de cinco hermanos: Inmaculada, Luis (que en realidad se llama Antonio), Alicia, y tras de mí, Víctor.  Cinco hermanos, como cinco dedos de una mano. Algo diferentes, separados a veces, pero al final siempre unidos por el hueso familiar.

Si siempre he dicho que tengo mi raíz en la Atalaya, no es menos cierto que mi tronco y mis ramas se extienden por los rincones, casas y calles de nuestro casco, desde que con apenas seis años, mi padre nos trajera a  vivir, de alquiler, a la zona del Calvarito, justamente a la casa que hoy en día, es el local de los Scouts. Mi padre, Antonio Ramos Hernández -que estará por ahí con esos tasauteños celestiales, escuchando este pregón-  trabajaba ya por aquel entonces, con un horario bastante flexible, de catorce o dieciséis horas,  de cocinero en el bar Rodríguez, en la zona de La Alcantarilla. E imagino que, cansado de salir de madrugada y de volver bien adentrada la noche a su cueva de la Atalaya, la mayor parte de las veces sobre el cómodo vehículo de sus pies, buscó por mediación de Antoñito Santana -su patrón- la casa que cambiaria, sin duda alguna, la historia de nuestras vidas.

Me gustaría que viajaran conmigo, los que la edad se lo permita, cuarenta años atrás, y que caminasen con aquel niño que fui, ignorante de tantas cosas que no tenía, pero que tampoco me hicieron falta hasta esa fecha. De repente, una casa con luz eléctrica (aunque las velas y el quinqué también vinieron con nosotros). Un baño con retrete y grifo de latón, para la ducha cristalina, que seguía siendo semanal por culpa de que solo teníamos un bidón de uralita que se llenaba cuando entraba el agua de la calle, que no entraba muy a menudo, porque al poco descubrí que estos señores del agua del casco eran menos serios que Pepito el de la Atalaya. Tenía la casa dos habitaciones y un pasillo central que hacía de salón y que con el tiempo acogería nuestra primera televisión. Mas no puedo olvidar la cocina, con su cocinita de tres fuegos último modelo, porque esta me causaría, dos años más tarde, y debido a mi ignorancia, algo más que un susto, cuando quise saber si lo que cocinaba mi madre eran papas sancochadas y, tras calzar mal el caldero, me di un nada recomendable baño de sopa hirviendo, que me llevo a pasar largo tiempo en la clínica del Pino atado a una amarga pulsera del todo incluido. Por aquel entonces, los barrios y el casco, tenían sus propias fronteras; traspasarlas y convivir no siempre fue sencillo. Famosas eran las peleas de las fiestas de san Pedro, en la Atalaya, o las de Pino Santo con los donjuanes forasteros. Hasta tal punto que se hablaba de lo buena que había estado la fiesta, según el número de peleas que hubiese habido. Y yo, talayerito asombrado e ignorante, también pagué mi pasaporte. Recuerdo que al poco tiempo, tras haber hecho algunos amigos, alguien me echó a pelear, así como suena, con Paco Pérez, uno o dos años mayor que yo; recuerdo que le di, vamos que si le di… le di las gracias cuando dejó de darme (cosas de niños). Los amigos fueron llegando: el primero, Manolo Pérez; con él, durante años fuimos Starsky y Hutch. Él decidió ser Starsky porque desde su punto de vista, era evidente que yo era más rubio. Luego Suso Armas, José Benito, Pedro Luis Cárdenes, -que siempre me llevó tres años de ventaja en cuanto a los Reyes Magos-; también Nando, Antonio Troya, Juan Manuel, Q.e.p.d., Antonio Carlos, y niñas, por supuesto: Nany, Alicia Ramírez, -que siempre fue Alicia Ascanio-, Ana Pérez, Taty, las cuatro hermanas Benítez, Yaiza y Ana Mary, y otros y otras con las que sin duda pasé la mejor infancia que podría soñar. Una vez le improvisé una Folía a mi hijo que decía: “Un niño no necesita nada más para soñar, que el cariño de sus padres, y otro niño ‘pa’ jugar”; y yo no solo tenía el cariño de mis padres y amigos, sino un pueblo entero de barrancos, cercados y plazas con algunas calles alquitranadas a modo de decoración. Y cómo no recordar a los mayores: Modestita y su panadería, en donde cogí mis primeras tetas a un pan caliente. Carmita Martín y su ternura, o Mariquita Ascanio, que fue la mujer que nos convertía en pequeños papas a casi todos los chiquillos, cada vez que una pelota de goma caía en su azotea y ella, sin fumata blanca, nos tiraba dos mitades de pelota a modo de gorro exactamente iguales, que nosotros nos colocábamos a modo de mitra en la cabeza mientras volvíamos a casa con oraciones poco ortodoxas dedicadas a la pobre Mariquita… Pues en ese ambiente me crié y en ese mismo ambiente tuve mis primeros contactos con las fiestas en Honor a Santa Brígida. Rememorar es volver al a oír los famosos altavoces que se colocaban en las calles, y que iban anunciando, con cierta estridencia, los actos del día. Me parece ver corriendo a Javier Ascanio, Marcial o Alfonsito Ramírez entre otros, miembros de la comisión de fiestas de aquella época, hacia el local parroquial, cuando algún vecino se quejaba del sonido o porque tanta tecnología no aguantaba la emoción del momento y lloraba repetitivos “trabes”. Las fiestas de la niñez, sin duda, eran los juegos infantiles -los que siempre he considerado la semilla de las futuras comisiones-, aquellas carreras de sacos, o las blanquecinas y deseadas milhojas, que te tocaba dar al compañero con los ojos cerrados, y todo acompañado del no menos deseado vaso de “Clípper”, el cual por aquel entonces era pecado mortal derramarlo; las carreras a la vuelta de la manzana, bastante desmoralizantes cada vez que corría Pedro Luis, que en aquella época era capaz de sacar un córner y llegar a tiempo a rematarlo. Pero sobre todo, lo más ansiado era las piñatas; los tesoros que escondían aquellas tallas de barro, eran merecedores del riesgo de alguna que otra “coneja” ocasionada por la misma, o por el palo del que pretendía romperla sin perder premio ni importarle agravios. Más de uno término llevándose el premio de una visita a don Guillermo el practicante, con lo que esto suponía (valientes que fuimos). El cine de verano, cuando se abrazaba con la noche, desprendía una magia solo digna de los pueblos que saben pueblos y son felices de serlo. No sé ni cuántas veces cruzó Cantinflas la frontera mejicana con su mula y los pantalones bajos, adelantándose a la moda, o cuántas veces las siete novias nos enamoraron como a los siete hermanos y nos hicieron sentir una sola familia bajo la tenue luz de un proyector de estrellas. Pero quieras o no, todos esperábamos el gran día. El sábado de la romería-ofrenda a nuestra Patrona, el sol siempre entraba en las casas a despertarnos, y las calles se hacían más campo si cabe. Los olores matutinos del café se mezclaban con el de las peras, higos o uvas que aguardaban en las casas para la ofrenda. Los adobos ya bailaban aromas con los vinos y sangrías, mientras las carretas cubrían sus carnes con traperas y palmas. En la tarde, la magia de la romería rompía fronteras en torno a la patrona y su ofrenda. Y el jolgorio era, para este talayero, como si la vida pintase ante mis ojos un cuadro de telúrica alegría. Las carretas eran un constante agasajo de viandas a los que se acercaban: a todos, menos a mí, que siempre tuve la sensación de que me tenían manía, de que las olorosas sardinas o huevos duros habían sido previamente rifados, y que yo solo podía optar a la cola de las piñas asadas, cosa que no me importaba porque eran ciertamente sabrosas hasta el carozo… No puedo olvidar los años en que mi padre, en sus primeras vacaciones, animado por Pepe Guerra, entre otros, participó con las gentes del Calvario. Aún reside su imagen en mi retina, tan canario, tan hidalgo, con su cachorro y su naife atravesado, encima de la carreta, dándole sentido a las brasas, y junto a él, Cristóbal, Lalo, Santiaguito Benítez y más atrás, Antoñito el peluquero y su inseparable campana, que en medio del bullicio tañía, como el latir ferviente del sentir Tasauteño. Veinte años más tarde, por estas fechas, paseaba una noche, entristecido, observando la decadencia en que habían caído las fiestas de nuestra patrona. Y como si el recuerdo me guiase hacia una cita con otros dos melancólicos, Alicia Ramírez y Antonio Ventura -novios por aquel entonces-, nos encontró un marco incomparable: cómo no, frente a la plaza de la iglesia. Resumiendo, diré que, entre la ilusión de unos y las ideas de otro, algo hermoso se engendró aquella noche, y al año siguiente nació, con un pequeño golpe de estado, la nueva comisión de fiestas, que al tiempo se tornaría en la Asociación Cultural y Social el Repique. Probablemente yo no estaría hoy como pregonero si el Repique no hubiese llegado a mi vida. Siempre diré que hay un antes y un después del Repique en mi vida y en la vida de las Fiestas Patronales en honor a Santa Brígida. A mí me regalo un acercamiento obligado a las letras, y de ahí surgieron mis obras de teatro, y con ellas el despertar de una serie de sentimientos que la vida me ha permitido expresar en versos escritos o improvisados al viento. Se creó un grupo humano que fue creciendo, y como si de un barranco desbordado se tratase, sutilmente fue sacando a las gentes de las casas en una colaboración que llegó a ser tan importante, que en la finalización de los actos, por ejemplo, las sillas se recogían, más de trescientas en muchos casos, en un santiamén, y los cepillos eran pocos para dejar adecentado el recinto. Quizás porque el Repique fue un grupo que fue más allá de las fiestas y que, pese a tener varios presidentes a lo largo de sus seis años, aquellos supieron pasar completamente desapercibidos porque no se utilizaba el “yo”, sino que el “nosotros” era nuestra bandera. Fue un trabajo que se hizo siempre con el apoyo total de los párrocos, principalmente el de don Matías Gula —ese Tasauteño nacido en Polonia—, que se identificó con estas fiestas y que fue alma importante en otros proyectos del Repique, como la consecución de las nuevas campanas, con las que recibimos en una noche, también mágica de recuerdos, la entrada en este siglo. Esos seis años de fiestas nos fundieron en un eterno abrazo de lágrimas y alegrías a muchos que hasta la fecha simplemente éramos vecinos. Innumerables las anécdotas, como incontables los problemas; pero sin duda nos dejaron lo más gratificante que podíamos lograr: el despertar de algunos por conservar nuestras fiestas patronales en honor a Santa Brígida. Y para esos amigos del Repique, a los que no voy a nombrar por miedo al olvido de alguno, les quisiera pedir otro gran aplauso, porque sin duda están conmigo en cada letra de mis palabras. Ahora toca dar las gracias: primero, a la comisión de fiestas por considerarme digno de ser el pregonero de las mismas y por el esfuerzo que sé que están haciendo por hacer de esta semana algo hermoso e inolvidable. También a los amigos y familiares que de lejos han venido sin tener nada que ver con estas fiestas, solo por acompañarme; seguro que hoy saben un poquito más de mi y de mi amor por este pueblo. Gracias a mi madre y con ello a todas las madres de este pueblo por parir y criar a aquellos amigos de la infancia. Gracias a Katy, mi mujer, y a mis hijos, Antonio, Samuel y Saulo, quienes me gustaría que pudieran sentir durante muchos años la magia que de este pueblo se desprende cuando decide ser pueblo. Y por supuesto, a todos y cada uno de ustedes por estar aquí. Y para terminar, como pregonero de las fiestas en honor a nuestra patrona Santa Brígida de este año 2013, con el respeto que me merecen todas las fiestas de los barrios, así como, por supuesto, la de nuestro patrón San Antonio, cuya organización pertenece al ayuntamiento, me toca invitarles, a todos los que se sientan Tasauteños de cuna o de calle, de barrio o de casco, a la colaboración, participación y disfrute de las mismas, y así lograr que esto nunca muera; a apoyar, respetar y reconocer el esfuerzo de esta comisión que ahora empieza, o de las venideras. Porque las fiestas, al igual que en esta pequeña historia que les he contado, las hacen grandes e imborrables las personas que sustituyen el “yo” por el “nosotros”. No importa dejar el nido si al tiempo siguen las ramas, y las razones que amas siguen en donde has vivido. Si tras tiempo transcurrido se conserva su matriz, verás un pueblo feliz que orgulloso a él se aferra, enterrando en esa tierra aun más honda su raíz.